-¡Papá, papá, construyamos un castillo en el aire!
El padre le acarició la cabeza y con tono condescendiente y formativo le explicó que existía algo llamado gravedad que hacía imposible construir tal castillo. Le ilustró con imágenes de libros y le hizo una exposición de la evolución de la arquitectura desde los tiempos remotos de Esiodo, aclarándole una vez más que, exceptuando algunos cantores y poetas, en todos esos años nadie, ni el más necio de los ingenieros, habría podido pensar en construir un verdadero castillo que pudiera sostenerse en el aire. Luego, dándole un beso en la mejilla le sonrió paternalmente y siguió trabajando en los planos de un puente para una firma de ingenieros.
La hija salió desconcertada, pensando que su padre quizás se estaba volviendo sordo: “Construimos un castillo en el aire, con Sebastián y Angélica” eso era lo que ella le había querido decir desde un principio. Pero ya no importaba: el castillo se había perdido en el cielo y era tiempo de jugar a otras cosas.
Copyright (c) Julio Cañón, 1997
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