Saturday, January 24, 2009

Máxima seguridad

José Manuel había sido un exitoso ladrón de bancos, hombre consagrado, metódico, amante del arte de su profesión por encima de las mundanas ganancias. Ese afán de perfección, capricho al que tanto le temen los hombres, lo llevó a retar todos los sistemas de seguridad cuando anunció que robaría, a la media noche de la Navidad de 1990 el banco más grande del país, sin que nada ni nadie pudiera impedírselo, ya que simplemente lo tenía todo calculado... Pero ese día la matemática le falló.

Estando en su celda, leyó un día en el periódico la noticia de que, en un lugar de la costa, donde la verdad y la fantasía son la misma cosa, todo un pueblo se había vuelto rico de la noche a la mañana cuando apostó al número ganador de la lotería, que de manera misteriosa había aparecido en las escamas de un pescado. Tal acontecimiento le resultó por completo indigno, dado su convencimiento del trabajo riguroso que siempre debía acompañar las cosas bien logradas, incluso aquellas que se encontraban por fuera de la ley.

Por eso, desde aquel día, tomó la decisión de aprovechar todo el tiempo de su reclusión para descubrir en qué forma se comportaba la suerte, esquiva y caprichosa por naturaleza. Leía con discreción en los periódicos los números ganadores de las loterías y consignaba las cifras en un cuaderno o en las paredes de la celda. Con el tiempo, pudo tener acceso a periódicos extranjeros a los cuales aplicó el mismo procedimiento y cuando tenía la posibilidad de mirar los sorteos televisados, fijaba su mente en cómo se impulsaban las ruedas, en la fuerza que cada persona, según su sexo, edad, disposición y estatura, les imprimía. Dedujo de esta manera el número entero de vueltas que solían darse antes de comenzar el freno definitivo.

Correlacionó los resultados de los sorteos de los diferentes días, y de las diferentes loterías, encontrando relaciones «sencillamente inquietantes» como él mismo escribía en su momento. Leyendo el único libro de cálculo que pudo hallar en la cárcel, empezó a elaborar una teoría matemática para predecir resultados y llegó a deducir por su propia cuenta los principios de la probabilidad de eventos encadenados. «Los números no pueden ser producto del azar» escribió en una de las paredes de la celda, como muestra de que las matemáticas no son terreno exclusivo de las universidades y que su magia y aplicación no conoce los límites de las celdas sino las bondades de las mentes dotadas.

Concentrado en su propósito, pasaba los días con sus noches, muchas veces a merced del frío o del calor, sumiendo en el deterioro a los ojos y los sentidos en la fatiga de la oscuridad, realizando cálculos de ecuaciones que entre uno y otro lado de la igualdad bien podían tomarse días y semanas.

Meses después leyó en los periódicos que, en otro lugar de la costa, había aparecido una tortuga con el número ganador de la lotería en su caparazón, para regocijo de cientos de apostadores y preocupación de los dueños de las casas de apuesta: «¡Los caminos del Señor, a veces caprichosos, también se pueden caminar!», Escribió en la celda, cuando descubrió que el número de la tortuga, fruto del caluroso azar costeño, era el mismo, sí, el mismo que pronosticaban las ecuaciones de su teoría.

Esperó con paciencia, la única forma de hacerlo en la cárcel, durante dos años, acumulando más información y refinando su procedimiento hasta que estuvo seguro de que los resultados pronosticados día a día eran consistentes, número a número, posición tras posición, con los registrados en los periódicos.

Por aquel entonces, recibió de nuevo noticias de la costa que esta vez referían el increíble hallazgo de las cuatro cifras, incluyendo los números de la serie en el anca de una rana. Con la seguridad del artista no improvisado, verificó el resultado de los cálculos y, sin poder ocultar la satisfacción, como quedó consignado en las paredes de la celda, decidió que su trabajo estaba por fin concluido.

Compró el número de la lotería que más premios daba en el país, sin que se supiera nunca como pudo adquirirlo; la noche del sorteo se acostó tranquilo, siguiendo «el movimiento regular de la luna hasta perderla entre los barrotes».

«¡Es imposible!» escribió al día siguiente en su cuaderno de apuntes cuando descubrió, desilusionado, que el número ganador no era el mismo de sus cálculos. Más aún, que las cuatro cifras eran, por completo, diferentes. Estaba indignado, furioso consigo mismo y con el incomprensible defecto del procedimiento que tanto esfuerzo le había costado y que al final había servido para tan poco. Atinó entonces a leer en la parte baja del periódico la razón de su fracaso: con grandes letras de molde, se promocionaba el nuevo sorteo con balotas que reemplazaba desde la noche anterior al ya obsoleto sistema de ruedas, fundamento de todo su método. El recorte de periódico se puede apreciar todavía, resaltado, en una pared de la celda. «Dios no juega a los dados...», reflexionaba, «...¡juega con los dados!».

A pesar del tropiezo, comprendió que el error no procedía por entero de su método, sino del hecho de haber omitido tal variable. Cuando tuvo de nuevo ánimos, comenzó a reescribir las ecuaciones sobre las paredes de la celda, aunque ahora registraba cualquier aspecto extraño que pudiera observar, ya fuera en la comida, grano a grano, estría por estría de la carne y mancha tras mancha de jugo sobre el vaso, o en el relieve de las sombras en las paredes y las rejas, con el fin de no dejar ningún cabo suelto.

P.D.: Hace quince días, por disposición de un juez de circuito, José Manuel fue trasladado a una prisión de máxima seguridad. Estuvo desde luego muy reacio a abandonar su celda. La suerte quiso que yo fuera su nuevo inquilino. Confieso que no soy un hombre meticuloso como él en cuestiones matemáticas, pero la necesidad obliga, así que he puesto todo mi empeño en interpretar el método, expuesto con el mismo celo y cuidado de jeroglíficos egipcios en estas paredes, y de cuyo éxito estoy más que convencido.

Sobra decir que tengo en mis manos el billete de lotería con el número que pronostica para esta noche (¡no revelaré tampoco cómo lo he conseguido!). Si Dios quiere, mañana amanezco millonario.

Copyright (c) Julio Cañón, 2000


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