Hace algún tiempo recibí la visita de una hormiga. Sé que esto puede sonar demasiado inocente, incluso para la historia más inocente que pueda ser contada, pero me dispenso este comienzo haciendo notar que lo normal es que uno vea no una sino a cientos, miles, millones de ellas, avanzando en filas, de ida y regreso, cargando recortes de hojitas, o capullos, de una a otra colonia. Por eso le presté atención. Subió por mi bota sin hacer un esfuerzo extraordinario, como si estuviera decidida a conocerme. Traía algo en las mandíbulas. Al principio no lo detallé bien, pero cuando ya iba a la altura de mi rodilla, después de haber flanqueado dos largos pliegues del pantalón, pude darme cuenta de que llevaba un minúsculo bastoncillo con una bolsita de proporciones aún más modestas, amarrada en uno de los extremos (para estos propósitos, siempre cargo una buena lupa). Esto me intrigó aún más que verla sola. Le acerqué mi dedo índice derecho para ofrecerle un atajo (sin saber aún cual era su destino o sus intenciones). Ella lo recibió con algo de curiosidad, moviendo sus antenas, pero luego se aferró a él y continuó caminando por la mano, subiendo dubitativa el brazo, luego el antebrazo, hasta que estuvo a la altura del hombro. Ahí tomó un segundo aire, disimulando cierta vaga exploración que ni yo mismo le creí, y pronto continuó ascendiendo hasta llegar a la altura de mi oreja.
Por la forma en que actuaba, daba la impresión de no estar muy segura de su siguiente movimiento. Es probable que la desconcertaran los senderos circulares de la oreja, o la sensación de ese oscuro foso en el centro la hiciera entrar en pánico. El hecho es que por un momento se mantuvo quieta, batiendo las antenas a la entrada del pabellón. ¿Por qué se había arriesgado a viajar tan lejos de su casa? Quizás había huido de su colonia porque no soportaba más la presión de una esclavitud impuesta por la más rigurosa de las jerarquías. Sin embargo, en tales casos lo que suele ser procedente es la repartición de panfletos revolucionarios (imagino mensajes químicos por medio de hormonas subversivas), o la confabulación en grupos para tomarse a la fuerza el poder o algo por el estilo. Tal vez salió buscando a Dios, como lo han hecho muchos de los nuestros, hombres de espíritu recto que se convierten en líderes, profetas, ascetas o ermitaños, pero que de seguro nunca le han encontrado.
Podría ser también el simple deseo de escalar un obstáculo considerable (algo así como un monte Everest), aunque para ser sincero mi estatura dista mucho de ser un propósito a vencer entre los de mi especie y además había terminado por acoger mi atajo, lo cual no era una actitud propia de una verdadera escaladora. Llegué a inquietarme en realidad cuando supuse que la inocente hormiguita, que ahora comenzaba a circular graciosamente por mi oreja, estaba en realidad explorando un posible sitio para trasladar la colonia, pero esto pronto dejó de ser una preocupación pues tampoco resulta lógico que un solo individuo, de cualquier especie que se trate, se aventure a recorrer un lugar desconocido sin contar con el apoyo de otros.
¿Qué estaría cargando en la bolsa? Tal vez la razón de su presencia solitaria en mi oreja obedecía simplemente a la evasión de la ley por haber cometido un crimen, posiblemente un delito menor (el robo de una porción adicional de alimento), o algo más grave como el secuestro de una larva de la nobleza, lo cual me puso sobre aviso de la posibilidad de estar siendo cómplice de una situación embarazosa. En todo caso, sabía que en la diminuta bolsa hallaría la razón de su presencia. ¿Debía esperar para que la abriera? O, por el contrario, tomarla por sorpresa. No fue necesario lo segundo, ya que ella misma finalmente se detuvo en el primer descanso sobre el lóbulo y con sus patas delanteras desabrochó la bolsita.
A estas alturas se preguntarán cómo podía ver todo esto, estando como estaba la hormiga en mi oreja. Bueno, pues asistiéndome de un espejo de mano como es obvio. Pero ¿Qué contenía la bolsita? Era la pregunta que pronto hallaría respuesta. Aún hoy siento todo el peso de la imagen cargado en mi corazón: con qué delicada actitud fue extrayendo uno a uno los restos de un pequeño cuerpo, alguna vez articulado, que batió de seguro sus antenitas tratando de seguir en su marcha a la que, en esos momentos, se exponía en un temerario viaje por agreste geografía, para hacer que el culpable reconociera su crimen y recibiera su castigo. Yo bajé la mirada, reducido como estaba a un tamaño mil veces inferior al de mi acusadora y aunque expié juiciosamente mi conciencia no pude determinar cuándo había ocurrido aquello. Lugares no faltaban dentro y fuera de la casa, a ras de suelo o al nivel de las manos. Sin hablarme, había dejado en mi oreja un veredicto secreto de justicia, que no por venir de una hormiga deja de ser doloroso. Pero así, simplemente, es la vida. Uno a uno fue recogiendo los restos para envolverlos. Acomodó con delicadeza la bolsita en el bastón y sin solicitar ayuda, descendió imperturbable hasta alcanzar, después de graves quiebres y arrugas, mi zapato. Una vez en el suelo y guiándose con las antenas, se perdieron ella y sus pesares dentro de una minúscula grieta en la pared de la cocina.
Copyright (c) Julio Cañón, 2001
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