Es la final del campeonato de futbol del año 2042. En el campo se enfrentan Italia y Argentina. Han corrido ochenta minutos de juego con un agónico empate sin goles, que se rompe de modo magistral cuando las hábiles piernas del delantero italiano Andrea Strossi esquivan la defensa rival y de un potente disparo de zurda desde fuera del área catapulta la esférica sobre la humanidad de Marcelo Limbodrio, quien sólo tiene reflejos para observar cómo se infla la valla cerca del paral derecho. Un júbilo europeo ronda el estadio, invadido por el calor local de cuatrocientosmil espectadores, venidos de todo el orbe.
Argentina lanza un ataque desenfrenado. Por todos los medios intenta conseguir la igualdad, avanzando por los costados y penetrando en forma tímida y discreta la sólida defensa italiana; sin embargo, todos sus intentos desfallecen sin inquietar demasiado al orgulloso guardavallas Vittorio Quieza. Pasan en este episodio siete agotadores minutos.
Una falta descalificadora del defensa Alessandro Maldoni sobre el delantero gaucho José Pingalupi, cerca del área del equipo italiano, es sentenciada por el árbitro como tiro libre indirecto. Quizás es la última oportunidad del equipo suramericano. Entonces sucede.
El capitán gaucho, defensa centro, Martín Batista, acomoda el balón, pero en lugar de tomar impulso para golpearlo hacia el centro del área chica, como ha sido costumbre desde que el fútbol es fútbol, decide en su desesperación pararse frente a la esférica colocando sus manos en jarra, mientras invita a sus compañeros a que le sigan en la estrategia.
Ocho de los once jugadores gauchos se acomodan alrededor del balón uniendo sus brazos para formar una muralla humana, circular e inexpugnable, en cuyo centro se encuentra el balón, protegido por las piernas de un noveno hombre, el goleador Hector Plazas.
El árbitro asiste a la insólita postura con desconcierto y en lo que parecen ser segundos eternos, no encuentra ninguna contravención a las reglas en el procedimiento, así que pita para que la jugada continúe. Al grito de «¡Avance!», el círculo humano comienza a caminar en formación cerrada hacia la portería rival. La defensa italiana, extrañada en un principio, no sabe cómo responder. Cuando deciden finalmente interponerse al paso de la muralla, es demasiado tarde: han flanqueado el área chica y se abren formando una U que deja libre al delantero para que, con toda la furia de que es capaz, lance el balón disparado contra la red.
Miles de flashes se mantienen en todo momento alerta, siguiendo la jugada y la posterior desbandada de los argentinos, que empatan en el último minuto un encuentro que parecía perdido, ante la desdicha e impotencia de los italianos.
Muchos de los asistentes al estadio murmuran acerca de la estrategia, comparándola con la epopeya homérica, revelando de este modo que en el mundo de los humanos todo se repite, ya sea en el mar, o entre murallas, en los oscuros pasajes del Hades o en este limitado campo verde, donde vemos enfrentarse de nuevo los valores de la templanza y el deseo de victoria. Otros menos trascendentales sentencian: ¡Así es el futbol! !Qué le vamos a hacer! Todo es posible antes de que suene el pitazo final.
¿Alguien todavía pregunta por el equipo que ganó el cotejo? Los que estén interesados sólo tendrán que esperar algunos años. Lo que sí les garantizo es que el final será aún más sorprendente.
Copyright (c) Julio Cañón, 2000
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