La hemos llenado de gloria humana, majestuosa, soportada en sólida estructura de granito, cubierta con acabados de diseños delicados que alucinan en su interior inconcluso y sin límites a través de espejos que multiplican las imágenes, mientras la luz de lo exterior desborda su magia de color por entre los cristales minúsculos que componen mosaicos de lo visto y lo sentido.
Hemos confesado en sus aposentos todos nuestros sueños y culpas. Vidas de éxito y derrota han quedado plasmadas en sus muros, bajo las piedras de su altar, en el refinamiento de los íconos que cuentan una historia corta, silenciosa y muchas veces desenvuelta.
Sus planos y sombras se han descrito y se describirán en las crónicas ilustradas de las bibliotecas y de sus múltiples laberintos que dormitan en los sótanos húmedos junto con las almas de todos los que traspasan confiados las puertas de entrada sin salida, porque estas últimas se suelen extraviar u olvidar o simplemente no existen.
Este es nuestro orgullo de constructores, el misterio de la más perfecta catedral, cuyos detalles, como los granos de arena, se contemplan una y otra vez sin conocer término alguno. Algún día, quizás, Dios habite en ella.
Copyright (c) Julio Cañón, 2000
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