A veces, desde la ventana que se abre en el segundo piso de la casa hacia el patio, miro a mi perra, una pastor alemán noble y tranquila que descansa con su cuerpo enroscado en el poco espacio que le dejan los enceres de la incomodidad humana. Ella permanece ajena a mi presencia, inocente de todos mis pensamientos y resoluciones, cuyas realidades pertenecen quizás a otra dimensión, la dimensión de aquel segundo piso.
Siempre dejo de mirarla pensando que desde el piso enésimo de la casa sin puertas ni paredes, me observa otro ser, para el cual yo también permanezco ignorante, enrollándome en mis pensamientos dentro del poco espacio que me deja su cadena, y que éste a su vez es observado por otro, y así hasta el infinito, lo cual suena bien y tiene cierto aire de racionalidad.
Sin embargo, cuando medito acerca de las pulgas que molestan a mi perra, o sobre las hormigas que laboran en la cocina, pienso que estas cadenas son ficciones producidas por nuestro cerebro y que en realidad el infinito no existe, es sólo una aberración de nuestra inteligencia deficiente, y es al final el microbio diminuto el que mueve las finitas e identificables observaciones del cosmos.
A veces pienso que ni mi perra, ni sus pulgas ni yo existimos en realidad, que todo es fruto de la ilusión de otro, quizás un oso que duerme su largo invierno y que cuando despierte todo dejará de ser, sin problemas, pero queda la cuestión de quién piensa al oso y esto me conduce de nuevo al planteamiento inicial que ya he considerado una aberración y por lo tanto un extremo lógico sin sentido.
Lo que más ocupa mis pensamientos sin embargo, es la necesidad de tomarme un descanso en alguna villa tranquila o en una clínica de reposo, antes que tantas ridiculeces me conduzcan sin remedio al manicomio.
Copyright (c) Julio Cañón, 2000
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