Saturday, January 24, 2009

Latencias

Llegó a mi mesa en el restaurante, silencioso, sin que en realidad yo le hubiese invitado. Al principio me causó curiosidad, incluso gracia, verlo ahí, frente a mí, caminando de un lado a otro sobre la mesa, sin hacer ruido, ronroneando y sacando la lengua para lamerse los bigotes, fijando sus penetrantes ojos verdes con inteligencia y precisión en cada uno de los objetos que lo rodeaban, incluyéndome a mí, que comenzaba a darme cuenta de que no se trataba de una simple casualidad sino de una bien estudiada jugada del felino, quien estaba a punto de revelarme sus verdaderas intensiones.

Porque las especies se comunican entre sí de maneras peculiares. No con un lenguaje cómodo y limitado como el que establecemos nosotros como miembros de un mismo “club” a través de las palabras y los gestos (realmente los únicos lenguajes que, con deficiencia y por necesidad, conozco). Es una comunicación mucho más rica en matices que involucra a todos los sentidos: el lenguaje del temor, del calor compartido, de los roces, de los movimientos y las miradas que observan sin ver de frente.

Muchos de esos lenguajes los compartimos con animales que nos son cercanos, como los perros, compañeros inveterados de nuestras intimidades. Más aún, me atrevería a decirlo, que no se puede hablar del hombre y del perro como dos entidades separadas, porque de seguro lo que hizo al hombre lo que es no fue su habilidad con las manos o su mayor cerebro, sino el haberse aliado con los perros en sus correrías. Homo cannis, podría ser una buena definición de lo que somos en realidad; sin embargo con el gato, y específicamente con él, las cosas son diferentes.

Muchas damas y caballeros podrán considerar estas palabras como blasfemas. Entiendo que muchos hayan adoptado, o creído adoptar, gatos como mascotas, pero el hecho de que sus pasiones los vuelvan ciegos a la realidad no es mi problema: el gato es un animal salvaje, ajeno a nosotros. No nos pertenece y no le pertenecemos. Esto es así hoy, lo fue en el pasado y sin duda lo seguirá siendo en el futuro.

Así me lo hizo saber esa tarde en el restaurante, con su mosaico de lenguajes que no admiten palabras humanas. Me mostró sin vacilaciones su mundo en las calles, la selva transformada en concreto pero selva para él al fin y al cabo, tan propicia y asimilable como la del follaje verde, aquella en la que sus primos felinos siguen cazando. Nunca perdieron las habilidades predatorias. Se escabullen, permanecen ocultos, vigilan.

Porque es seguro que detrás de todas las hazañas, retos, logros y ambiciones de los hominidos, merodea sigiloso hasta el extremo un gato explorador y explotador de los hombres. ¿No existe de hecho un explorador superior, que sigue nuestros juegos nocturnos, los de los gatos y los humanos-perros, con la misma pretensión de indagar en la vida de especies inferiores? El gato sabe que es cierto, y por eso nos lleva ventaja.

Así fue mi almuerzo con el gato: estamos él y yo, uno frente al otro. Rivales, fichas de un ajedrez simbólico, pero no por ello menos definitivo, que gravita alrededor de una mesa, siguiendo un juego que se pierde en la oscura memoria de los primeros hombres y que nos acompaña hoy imponiendo sus reglas. Él, representando todo aquello que hemos pretendido dejar de ser; yo, pretendiendo lo que aún no somos.

Establecidas de este modo las cosas, él seguirá paseando de un lado a otro de la mesa, sobre su hemisferio. Sus ojos verdes, que se camuflan eternos de generación en generación, ya no se humillarán ante la comida: es presa segura. Con decisión, sin los temores perdidos al perpetrarse como silencioso predador en la claridad de las noches de todas las edades, me mira ahora a mí, su próxima víctima.

Copyright (c) Julio Cañón, 2000


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