-¿Usted se llama Eduardo? Es un nombre perfecto para su profesión, como ya lo sabe de seguro. Cuanto lo envidio. Yo dejaría todo lo que tengo, incluso a mi mujer, me atrevo a decirlo, por tener el trabajo que usted tiene aquí, encerrado con más de un millón de volúmenes, conociendo a la humanidad sin tener que estar en contacto con los hombres. ¡Cuánta cultura debe llevar usted a sus espaldas, amigo Eduardo! ¡Qué increibles tertulias han de surgir, promovidas por su proverbial inteligencia!.
-No siga- repuso el bibliotecario, -jamás he leído libro alguno. Estoy aquí, porque el dueño confía en mí, como confía el amo en su más fiel bestia: sabe que jamás gastaré sus bienes, ni hurtaré uno sólo de sus ejemplares, simplemente porque los considero objetos sin valor alguno. Una cosa de todo esto me hace felíz sin embargo, eso sí no se lo puedo negar, y en tal sentido creo que sus palabras me hacen algún mérito: me gusta tenerlos a mis espaldas. Allí, en silencio, me dejan vivir en paz con mis pensamientos, que no son muchos, ni de gran categoría y no servirían para llenar una página, pero son míos y eso me basta.
Copyright (c) Julio Cañón, 2000
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