Ruido, humo y polvo pasaron, dejando tras ellos al vehículo policial que pendía ahora sobre el peñasco. «¡No me suelte!», decía petrificado el que antes trataba de escapar y quien, por primera vez, unía su mano en forma voluntaria a la del otro, que le respondía: «No se mueva», mientras se aferraba, sin saber cómo, al volante.
Cada movimiento producía un crujir apocalíptico, al lado de una carretera que más parecía un infierno desierto. La radio se había estropeado. Nadie podía auxiliarlos pronto. Así que ambos decidieron rezar, cada uno por su lado, esperando un milagro de Dios.
Sólo sintieron el vacío, y aunque las manos permanecieron unidas con terquedad en la caída, después del primer golpe habían recobrado su libertad.
Copyright (c) Julio Cañón, 1997
No comments:
Post a Comment