Saturday, January 24, 2009

Hubo una vez castillos en el aire

Los construyó un hombre enigmático al que llamaron los que le conocieron Urduk, que significa el que construye nubes de piedra.

Siendo niño, Urduk recibió la revelación de las piedras que flotan. De alguna forma misteriosa, él era capaz de levantar con sus manos bloques de granito, que le habrían costado meses a doce hombres para desplazarlos unos cuantos palmos, con una agilidad sólo comparable a la de las aves en vuelo.

Con los años refinó el arte de construir en el aire y se convirtió en el maestro escultor más sobresaliente de su tiempo; levantó pirámides apoyadas con elegancia sobre sus vértices, edificó castillos con torres que apuntaban hacia el suelo y a los que sólo podía accederse utilizando intrincados juegos de escaleras y sogas. Nadie podía superarle en el arte de los puentes ligeros y resistentes que se prolongaban sobre grandes extensiones y podían desplazarse a lo largo de los ríos donde fueran requeridos. Fue una época dorada, de verdaderos jardines colgantes y ciudades enteras levantadas en el aire.

Sucedió entonces que los logros constructivos de Urduk comenzaron a verse como peligrosos designios, contrarios a la buena naturaleza de las cosas, grave y amante de la experiencia terrestre. Con el tiempo, sus obras fueron tomadas por oscuras y malignas y terminaron por ser destruidas y olvidadas.

La presión de sus persecutores, llevó al mismo Urduk a huir para salvar la vida. Parado sobre una laja de pizarra, surcó una noche los aires hasta desaparecer en algún punto remoto de las dunas del desierto.

A pesar de su situación Urduk presentía que aún estaba por cumplir su misión creadora en la tierra. Meditando una noche con sus ojos amansados por el inclemente mar de arena, tuvo entonces la visión de su última y más grande obra: en su mente se dibujó con claridad la perfección en forma de una esfera.

Pasaría años de esforzado trabajo, sin conocer la pausa o el desaliento, acumulando de día las finas arenas que configuraban el manto del desierto y acoplando de noche cada grano con delicadeza, hasta dar la curvatura perfecta que cada parte requería.

Cuando estaba a punto de concluirla, Urduk consideró que la esfera sólo sería perfecta si poseía un alma en su interior, y decidió así formar parte de su obra; Urduk descansaría para siempre en el centro de su esfera.

Fue tan intenso el trabajo efectuado por Urduk que sólo cuando hubo concluido la construcción tuvo ocasión de entregarse sin remordimiento al sueño. Un sueño tan profundo que, sin darse cuenta, dejó en libertad el poder secreto, transmitido grano a grano al cuerpo de la esfera.

Los que asistieron a esa primera nueva noche, pudieron observar como la pulida y gigantesca esfera ascendía por detrás de las montañas girando a gran velocidad, haciéndose más pequeña a medida que se alejaba de la superficie de la tierra. Vieron también con sorpresa cómo de repente se detuvo a lo lejos y dejó de girar con lentitud hasta quedar mostrando siempre la misma cara ante los que la veían desde abajo.

Algunos sostienen que la esfera se detuvo cuando el corazón de Urduk dejó de latir en su interior. Otros consideran más probable que durante el ascenso, Urduk haya despertado de su sueño, encontrándose de frente con la imagen de la inigualable esfera azul que estaba dejando atrás, siendo tal el éxtasis que le causó esta visión que se quedó contemplándola para siempre y que por eso muestra la misma faz a la tierra. Muchos consideran sin embargo que la invención de Urduk y de su esfera no es más que uno de los muchos mitos inocentes con los que la gente suele identificarse para no prestar atención a los hechos propios de la verdadera ciencia.

Copyright (c) Julio Cañón, 1999


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