La construcción de un universo no puede dejarse en manos irresponsables. Ayer, un hombre brillante pero descuidado logró, por fin, construir un pequeño universo. Como lo diseñó sobre una hoja de papel especial de la cual ninguno de sus componentes podía salir una vez en sus dominios, lo bautizó con el muy apropiado nombre de Modelo de universo plano, entrópico, semicerrado. Pero como se trataba de un genio exigente, decidió que el resultado no era de su mayor agrado, así que cogió su hoja especial y después de convertirla en una bola manejable, la arrojó al cesto de la basura.
Permítanme mostrarles un esquema de lo que era este universo recién creado:
Los puntos que aparecen, son sólo algunos de los que puedo dibujar a mano alzada para dar una idea de la materia que introdujo el creador en forma de tinta; su distribución era homogénea. Las leyes que regían este universo eran simples, como todas las de las primeras creaciones. En principio:
Ø El universo era plano y homogéneo (consideración geométrica).
Ø Se trataba de una entidad semicerrada y aislada. Así, la materia y la energía en su interior podían aumentar y disminuir, sufriendo transformaciones.
Ø En las transformaciones, habría pérdidas por fricción y calor (la hoja se calentaría y desgastaría con el tiempo).
Ø No existían fuerzas eléctricas ni gravitatorias (lo que no implicaba de hecho que no existieran fuerzas ni choques entre “partículas”).
Este era, en resumen, el contenido de la propuesta de universo de nuestro genio. Pero un creador, por muy inteligente y cuidadoso que sea, no puede llegar a prever todas las implicaciones de su obra. Así que la catástrofe, en todo el sentido que esta palabra puede tener, sucedida después de arrojar el joven universo a la basura, es solo el resultado del natural devenir de las cosas.
Cuando el genio se fue, recogí la hoja, es decir el universo, del cesto. Este era el aspecto que presentaba:
Al arrugarlo, algo nuevo había sucedido: aunque desde el interior la perspectiva del universo seguía siendo “plana” en el sentido que ningún punto, por mucho que se moviera, podía salirse de los límites reales de la hoja, era evidente que desde el exterior se había formado una tercera dimensión, irregular y compleja, según las arrugas del papel. Esto trajo enormes cambios y complicaciones. Primero, aumentó la “inercia del universo”. Además, produjo un efecto de “gravedad”: los puntos se movían con dificultad creciente y cuando se encontraban cerca del vértice de una arruga se unían en formas complejas aunque no definitivas, con lo cual había dejado de ser homogéneo. Los puntos coincidentes entre dos arrugas podían llegar a conocerse pero jamás encontrarse... como si dos estrellas estuvieran separadas para siempre aunque pudieran verse todas las noches, una a la otra.
Para evitar que cayera en manos equivocadas -¿Por qué las mías no lo eran?- decidí llevar conmigo el universo. Para ello, tuve que doblarlo en tres segmentos de igual tamaño que cupieran en el bolsillo. Esta es la representación de ese hecho:
Pero tal insensatez pronto mostraría sus consecuencias. Sin pensarlo, había creado dos límites infranqueables para las partículas. Lo había dividido en tres secciones, cada una completamente aislada de las otras, siguiendo una evolución distinta. Buscando remediar lo irremediable intenté alisar la hoja colocándola sobre la mesa del comedor, pero no me percaté de que estuviera limpia y antes de poder evitarlo, una gota de jugo derramada durante el almuerzo había manchado el primer tercio del universo. Temí nuevas dificultades. No sólo acababa de introducirle materia (notarán que el genio no había impuesto esta restricción). Lo más grave era haber introducido materia “contaminada”, un germen extraño. Pronto pude darme cuenta de los nuevos cambios. Las partículas originales, comenzaron a aglutinarse sobre la gota de jugo con la rapidez de un parpadeo. Lo hacían de forma ordenada, generando arreglos que me inquietaban; después de algunos minutos, lo que había sido una distribución sin concierto alguno estaba evolucionando a estructuras que se duplicaban y destruían para alcanzar construcciones más elaboradas. Esta es una representación de la situación:
La preocupación no podía ser mayor. Sentí miedo. Confundido y dispuesto a no cometer más errores, decidí dejar la hoja tranquila en un sitio seguro, así que la fije detrás de la puerta de mi habitación con un alfiler puesto en el tercer tercio de la hoja. Pero esta fue la peor desgracia de todas. El agujero hecho por el alfiler no tardó en aglutinar la materia del tercio a su alrededor en un remolino galáctico. La hoja se retorcía, adquiriendo la forma que ilustro a continuación:
Por primera vez, el nuevo universo tenía la posibilidad de entrar en contacto con el nuestro, y no lo hizo de manera amistosa. Estaba engulléndose a sí mismo y en su destrucción arrastraba partículas del nuestro que giraban en torno a él a gran velocidad. Sólo tuve tiempo para escapar antes de ver como mi casa y las casas vecinas eran arrastradas hacia el interior de Ninguna-parte. El tragador se movía sin un rumbo definido. Hasta donde lo pude seguir, noté que se hacía cada vez más grande.
La desgracia es ahora incontrolable. Enormes cambios climáticos afectan al planeta. No hay marcha atrás, nadie puede controlarlo. Fue un error. La construcción de un universo no puede dejarse en manos irresponsables.
Copyright (c) Julio Cañón, 1997
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