Se dice que nació con los ojos abiertos y las manos aferradas a la tierra, desafiando al mundo. Por eso le llamaron Melkor, que significa el que todo lo observa con desafío.
Relegado por su origen a vivir en los extramuros de las ciudades, Melkor rechazaba con ímpetu las razones arbitrarias que cargaban a su familia con el duro estigma de la desigualdad. Desde niño se dio a la tarea de luchar sin pausa para revertir el impropio tratamiento del que eran objeto tantos seres humanos. Pero el tiempo y la costumbre le enseñaron que el cambio es el hecho más ajeno a los hombres y así, desilusionado y compungido, con los años de la adolecencia recién abandonados, tomó la decisión de marcharse, buscando su lugar en la tierra.
Anduvo sin pausa, soportando como pudo el tormento de su fracaso. Divagó por pueblos y ciudades de otras comarcas, digiriendo todo el sufrimiento y los placeres que encontraba a su paso, sin otorgarse un minuto de tranquilidad. Acumuló riquezas durante una época acompañando las rutas de las caravanas y también mendigó para poder subsistir. Conoció como todos el amor terreno y la desilusión. Agitó su vida hasta el extremo pero sentía que aún no le pertenecía.
Buscó entonces refugio en la soledad y se hizo amigo del silencio. Siguió caminando, esta vez por lugares agrestes, alejados del rumor de las ciudades y de la gravedad del campo. Cuando juzgó que había hallado descanso y equilibrio en su alma, detuvo su viaje peregrino y como un natural cambio de estado, se durmió.
En el lugar donde reposó su quebrantada humanidad, Melkor permaneció por muchos años sin moverse. Alrededor creció el musgo y la hierba y luego, en extensión considerable, un bosque animado por los fantasmas de sus sueños.
Cuando despertó, se vio rodeado por los árboles. Sabía que había pasado mucho tiempo. Con dificultad logró articular piernas y brazos, cubiertos por una maraña de hojas, brotes, ramas y pelos de su propia barba. Una vez se hubo aseado, comenzó el camino de regreso con el único propósito de volver a ver, ahora con ojos que se abrían rejuvenecidos y limpios, las viejas cosas que había dejado en el pasado.
Melkor sintió desde entonces un poder enorme que emanaba de sus manos. Cuando las aguas de los ríos crecían amenazando con desbordarse e inundar los pueblos, él las unía con fuerza haciendo que el agua las siguiera juiciosa, como si de un imán se tratase, desviando de esta manera su curso. O en épocas de sequía, cuando el calor y la desesperación amenazaban con la destrucción de las comunidades, utilizaba sus puños para golpear con fuerza la tierra y despertar el agua que dormía en el suelo.
Traía de esta forma bienestar a la gente y era reconocido por ello. Aconteció entonces que algunos, viendo tan inuasual don, decidieron apoderarse de él y lo sometieron a engaño para que cumpliera con propósitos impropios. Así lo obligaron, sin que él lo supiera, a desviar ríos y producir sequías durante asedios a ciudades, conduciendo a la hambruna y muerte de aquellos que no se sometían a los deseos de aquellos hombres.
Cuando Melkor se enteró de los males que había cometido en nombre de los que él consideraba sus hermanos, sintió ira y una desolación que devoraba su alma. Lanzó con la mano izquierda todo el poder de su furia contra ellos. El resultado fue devastador. Volteó entonces sus ojos que lloraban, pues no quería contemplar cuanta destrucción había causado. Desilusionado por su proceder y vencido por segunda vez después de haber templado en apariencia su espíritu, decidió enterrar su brazo izquierdo en lo más profundo de la tierra, donde no causara ningún nuevo daño.
Erró luego vagabundo hasta el fin de sus días ocultando al mundo el poder de su otra mano. En el lugar donde su alma abandonó el cuerpo envejecido y maltratado creció de nuevo un bosque denso y tupido del cual nadie supo con certeza dónde había quedado.
El poder de las manos no murió con Melkor. Latente entre las rocas, oculto a la luz del sol, el brazo izquierdo se arraigó y produjo poderosas raíces negras que buscaban un camino hacia la superficie. Cuando pudo ver de nuevo la luz, el tronco del brazo se convirtió en un gigantesco árbol de hojas negras.
En otro lugar del mundo mientras tanto, la fuerza del brazo derecho también echó raíces que dieron origen a un árbol gris de hojas albas.
Las raíces de los dos árboles siguen creciendo desde entonces, buscándose unas a otras. En ocasiones mueven las rocas con fuerza produciendo terremotos. El lugar donde crecen los dos árboles es aún un misterio.
Copyright (c) Julio Cañón, 1999
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