Durante ochocientos años, cinco meses y cuatro días de historia, documentada y organizada en los archivos de las bibliotecas públicas de la ciudad, los habitantes habían guardado con celo y rigor las normas y preceptos del vivir organizadamente.
Con dificultad podría encontrarse otra ciudad tan ejemplar en aspecto tan delicado: vidas organizadas hasta el mínimo detalle, el paraíso donde la costumbre reina y los pensamientos, debidamente organizados, terminan por ser acomodados según su taxonomía en baúles que, por cuestiones de organización, jamás se abren.
Pero hubo de llegar la revolución ya que tanta organización, por tanto tiempo cultivada, no podía ser del todo sana.
El triunfo no se hizo esperar. Fue así como, en el día décimo del quinto mes del octavo centenario de la fundación de la ciudad, los líderes de la revolución dieron el grito de victoria. Para celebrarla como era debido, se organizó un festival que duró siete días, ni uno más ni uno menos, al final de los cuales el escriba oficial de la revolución entregó a los archivos generales de las bibliotecas públicas la historia de los acontecimientos que hicieron posible todo aquello; eso sí, organizada en forma debida para evitar malas interpretaciones.
Y así de seguro habrán de pasar otros muchos cientos de años para que una nueva revolución, tanto o mejor organizada que la anterior, le dé esperanzas de cambio a la ciudad, que en la subversión de su inconsciente vive con la idea de que tanta organización al fin y al cabo no puede ser del todo sana.
Copyright (c) Julio Cañón, 1999
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