Saturday, January 24, 2009

El viejo

Al viejo lo descubrimos siendo niños, en una de nuestras correrías por el vecindario, que solían comenzar en las horas de la tarde después de llegar de la escuela y terminaban con el llamado de las sombras largas y frías de las casas. Siempre en el zigzag que era el camino de regreso pasábamos por su tienda, que nos recibía con su olor preciso de madera mezclada con cal, cerveza y pan duro, y ese piso de tablones que crujía como si fuera el fin del mundo y nos hacía sentir el poder vertiginoso de las parábolas aún cuando nada sabíamos de su singular geometría.

Todos le teníamos respeto, quizás porque a esa edad lo veíamos como a un hombre recio, de pocas palabras y lleno de secretos. Sin embargo, no había tarde en la que, después de comprar los refrescos en su tienda, dejáramos de preguntarnos por qué su mano izquierda vivía cerrada, y digo vivía porque a pesar de ser un puño estorboso en esas condiciones, jamás nos pareció que la mano estuviera tullida o atrofiada.

De tarde en tarde se nos fue pasando el tiempo de uniformes y carritos de regalo, mientras se deshacía lentamente, a veces sin percatarnos, la barriada de juegos porque estudiábamos en colegios distintos, con afanes que no dejaban tiempo para el potrero y porque con el tiempo algo en nosotros nos aísla de los que más queremos. Además, en aquellos días del bachillerato la situación económica en mi casa no era buena- de hecho muy pocas veces lo fue- y se dio como una buena oportunidad el que comenzara a trabajar por las tardes, tres veces por semana, como ayudante en la tienda del viejo.

Contrario a nuestras suposiciones infantiles, no se trataba de una persona introvertida. Don Guillermo, que así se llamaba, solía hablar con los clientes sobre el clima, la política internacional, los proyectos del barrio y las noticias del diario. Cuando, ya entrada la tarde, los agites de la tienda disminuían, le gustaba escuchar mis historias del colegio, algunas veces un poco frívolas, pero siempre mostrando algo de interés. Llegué incluso a contarle, sin que fuera una confidencia o una petición de consejo, los conflictos que tenía con mis hermanos y mis padres y los desaires de las niñas que más me gustaban y que nunca me paraban bolas. Sin embargo, en todo el tiempo que trabajé con él, jamás dio señal de querer abrir su mano. Y por esas prevenciones del respeto a los mayores y las distancias que se deben conservar para no incomodar la amistad yo tampoco tuve ni el valor ni la suficiente insensatez para preguntárselo.

Luego de terminar la secundaria, estuve un año en el ejército y al terminar el servicio me matriculé para estudiar ingeniería de sistemas, a pesar de no haber tenido nunca en mis manos ni siquiera una calculadora y que lo más parecido que había tenido a mi alcance era la caja registradora de manivela de la tienda. Estudiaba en un instituto nocturno porque de día debía trabajar como mensajero para ayudar económicamente en la casa. Por aquel tiempo frecuentaba muy poco la tienda, que permanecía medio día cerrada porque don Guillermo, que ya rondaba los setenta, se la pasaba de un achaque en otro y ya no conseguía ayudantes tan fácil como antes, por el mal genio en el que se mantenía, debido sobre todo a la presión que le ejercían los comerciantes para que les vendiera su lote y así poder construir un almacén de cinco pisos.

A don Guillermo se lo fueron comiendo los años, al mismo ritmo que al barrio. Muchos de sus contemporáneos habían muerto y el mismo barrio se había convertido en una zona de comercios de puertas con rejas de metal custodiadas por vigilantes, y de noches de indigentes y pandillas, donde ya nadie se conocía con nadie y así era mejor.

Cuando me enteré que se había enfermado de gravedad y que ya no podía levantarse ni para correr las cortinas de su pieza, decidí visitarlo en las tardes, en el tiempo que me quedaba entre el trabajo y las clases. A él le agradaba verme entrar y me hacía una señal de sonrisa con sus ojos vidriosos y melancólicos y la boca reseca, afectada por respiraciones cortadas por el dolor. Había bajado de peso y se veía flaco y enjuto, frágil como una criatura de arena. Yo me sentaba al lado de la cama, en una butaca que de seguro hubo de conocer todas sus intimidades desde que era un muchacho. Le transmitía los saludos de la familia, dejaba en su cuarto algunas frutas, le preguntaba cómo había pasado la noche, pero pronto la conversación se tornaba distante y yo terminaba por despedirme diciéndole que se abrigara bien, que cualquier cosa que necesitara me avisara y que yo volvería al otro día para ver cómo seguía. Incluso en ese estado, me causaba curiosidad ver cómo su mano izquierda, temblorosa y sin mayor vigor, se mantenía cerrada pero viva.

Así pasó una semana completa hasta que vino el cura para aplicarle la extremaunción y entonces fue cuestión de algunas horas para que falleciera. Cuando comenzamos a arreglarlo para el ataúd me di cuenta de que sus manos, grandes y sin defectos de artritis a pesar de lo viejas, estaban tranquilas y completamente abiertas.

La vida se nos suele ir así, cargada de asuntos corrientes y dudas insatisfechas. Aún hoy, después de tanto tiempo, me pregunto por qué se mantiene viva la imagen de ese viejo, que no fue nada mío y yo nada de él, excepto por la curiosidad de ese puño cerrado y algunas tardes de tienda. La historia de ese puño en su encierro voluntario era sólo suya, como nuestro fue ese barrio perdido de la niñez, y quizás no nos correspondía descubrirla. Misterios que se van con sus dueños, que escapan como peces tímidos a través de las redes modernas de manos abiertas.

Copyright (c) Julio Cañón, 2001




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