Saturday, January 24, 2009

Día sin juicio

El pueblo lo recibió como solía recibir a los extraños: con desdén y algo de curiosidad. Se bajó de la flota municipal que lo dejó solo en la mitad de la plaza, que a esa hora del día quemaba con más de treinta grados a la sombra, como era costumbre. Sin embargo, lo que más atrajo de su aspecto era que llevara, además de un paraguas cerrado y un maletín de medianas proporciones, un vestido negro con corbata perfectamente ajustada y sombrero a la vieja usanza, como si en lugar de un bus se hubiera bajado de un ropero, sin el menor indicio de sudor o desfallecimiento.

Lo primero que hizo al llegar, no fue buscar la sombra del árbol centenario que daba centro a la plaza, ni la cafetería cercana en la cual habría podido calmar la sed con algún refresco helado. Contrario a todo lo que se podía esperar, se quedó mirando como extasiado hacia la montaña que definía el paisaje suroriental del pueblo por espacio de quince minutos. Luego caminó con lentitud hacia la cafetería.

Era un hombre alto, blanco, de una edad difícil de definir aunque sobrepasaba con justicia la de los buenos patriarcas. Flaco de naturaleza y no por debilidad, tenía el rostro y las manos perfilados con rudeza por una rígida osamenta. Sus ojos de granito emanaban miradas dignas sólo de los más respetados halcones.

¿A qué hora abre la sacristía?- dijo, sin preámbulos.

Si Señor, buenos días, hoy no abre – le respondió el dueño de la cafetería, no sin cierta ironía y casi sin poder ocultar una risa maliciosa -¿Desea tomar algo?

Un vaso de agua.

¿Viene por algún asunto en particular?

Necesito hablar con el cura, es urgente.

El Padre está en una vereda, si quiere lo espera. Llega a eso de las seis.

Bien, solo puedo esperar.

Salió de la cafetería y se puso a caminar por el pueblo, sin decir palabra ni prestar interés por la gente o por las construcciones, mirando con ojos inquisidores sólo hacia la montaña. Después del medio día, desapareció y no volvió a verse sino hasta las seis.

Como está señor cura. Vengo a hablarle de un asunto urgente.

Bien, siéntese y cuénteme ¿De qué se trata?

Dentro de dos días, a las cinco de la tarde del domingo para ser preciso, una creciente de agua y lodo proveniente de la quebrada que le da nombre a este pueblo, lo destruirá por completo. He venido para prevenirlos.

¿Cómo puede usted saber eso? ¡Sólo un loco se atrevería a venir aquí a insinuar tamaña estupidez!. Esa quebrada está más seca que...su frnte, desde hace dos meses y aquí no suele llover durante estas fechas. ¿Cómo se atreve a...?

¡Vine a prevenirlos! Yo, como usted, también soy sólo un instrumento. No estoy aquí por gusto, como ya puede suponerlo. He venido a cumplir la voluntad de mi Señor. El domingo sucederá algo que pondrá a prueba su fe. Es su decisión.

Déjese de bromas, ¡Este no es siglo para estar diciendo payasadas!

El domingo vendré para hablar en la misa de doce. De usted depende que lo que he venido a hacer dé o no dé resultado. Le aconsejo, eso sí, que no olvide el paraguas, porque va a llover como nunca antes se ha visto. Buenas noches.

Sin mostrar descontento, el extraño salió de la casa cural y abrió el paraguas como movido por un acto reflejo. Caminó por la calle principal del pueblo sin detenerse ni dar vista a los lados y se perdió en la noche, cuando caían las primeras gotas sobre los tejados.

A pesar de que la lluvia no amainaba desde el viernes en la noche, la gente, llevada más por costumbre que por devoción, se había reunido en pleno para recibir la misa del medio día. El párroco apareció ante los feligreses con cara pálida y una expresión adusta. Rompiendo el protocolo, comenzó la misa en el púlpito, las manos sudorosas y muy intranquilas, diciendo:

Hijos míos, hoy debo comentarles algo que me ha turbado el alma desde el viernes: ¿Recuerdan al hombre extraño que vino ese día a hablar conmigo?- Algunos asintieron -Pues vino a prevenirme sobre esta lluvia que no ha parado. Me insistió, con una seguridad inquebrantable, que hoy a las cinco de la tarde, algo... terrible va a suceder ¡algo que sólo está...en manos del Señor!”

Todos los presentes se santiguaron repetidas veces y comenzaron a hablar entre sí, haciendo más difícil para el Padre la labor de tranquilizarlos.

Sin embargo”, continuó diciendo, “aquel hombre me dijo que vendría a esta iglesia al medio día de hoy para aclarar sus palabras ante todos, y de esta forma hacernos más comprensible la voluntad suprema. Yo en estos momentos no sé que pensar, pero después de que él hable, es bueno que tomemos entre todos una decisión definitiva.”

La gente escuchaba turbada las palabras del Padre, sin poder dar crédito a lo que decía. El extraño llegó, en medio de esa confusión de voces, sin que muchos se percataran. Caminó directo hacia el púlpito, con la misma ropa del viernes en perfectas condiciones, sin atisbo de agua en las solapas o de lodo en los zapatos. Ajeno a cualquier afán o temor, hablo de esta forma:

He venido para preveniros del desastre que está por ocurrir en este pueblo, según ha sido la voluntad de mi Señor. Él ha querido dar hoy una prueba de su poder y los ha escogido a ustedes para que sean sus testigos. No deben huir, si en realidad los mueve la fe. Según me lo ha manifestado, Su deseo es que todo hombre, mujer y niño que habita en este pueblo, se postre ante Él en la calle principal, con la cara puesta hacia la montaña, por donde ha de aparecer la razón de la desgracia y de donde proviene también la gloria del que esto me dicta.

Yo estaré frente a vosotros en todo momento, sin abandonaros. Seré así el primero en recibir la fuerza de Su señal. Debeis tener confianza en que sólo se hara Su Voluntad”.

El Padre, que ya le había escuchado, sintió que su discurso era firme y convincente. Recordó lo que le había dicho en esa ocasión. “De usted depende que lo que he venido a hacer dé o no dé resultado”. Invocando la fe, pidió a los feligreses que siguieran con confianza las palabras del extraño, quien debía ser una especie de ángel o enviado divino, aunque su apariencia no mostrara tal cosa. Entrada la tarde, todos se encontraban en la plaza central, sobre la calle principal, esperando que dieran las cinco campanadas que ya no se escucharían.

Los brazos del extraño se abrieron al cielo mostrando sus blancas y huesudas manos, cuyos dedos apuntaban en diez direcciones diferentes; sin embargo, sus ojos permanecían fijos mirando al pavimento: “¡Hágase tu voluntad, mi Señor!”, gritó, al tiempo que el torrente se desprendía furioso sobre la calle principal, engullendo hasta diez metros de altura todo lo que encontraba a su paso. La gente detrás de él permanecía arrodillada, sintiendo sólo el temblor de la tierra bajo sus piernas, rezando con los ojos cerrados y cubriendo todo el camino de salida. El torrente y su carga destructora pasaron sobre la multitud sin dejar detrás rastro alguno de humanidad hasta llegar al río.

Días después de la tragedia, cien kilómetros aguas abajo del pueblo, algunos pescadores identificaron en el agua, entre la inenarrable multitud de cuerpos que llamaban al desconsuelo y la tristeza, un sombrero negro y un maletín cuyo contenido, según sus versiones, era digno sólo del mismísimo Diablo.

Copyright (c) Julio Cañón, 2000

No comments: