Sobre toda la región de un mundo conocido en el pasado, hoy a punto de relegarse al olvido por culpa de la escasa memoria de los hombres, existió la mano implacable de un hombre poderoso, llamado por unos rey, adorado por otros como un dios y maldito entre muchos como demonio, temido y respetado, que sembró en los pueblos el terror e hizo de su nombre un lúgubre presagio: Atlón.
En pleno apogeo de su reinado, entronizado en su crueldad, arrasó a cuanto pueblo, rico o miserable, osaba oponérsele. Así fue como invadió Lascur, haciendo de la muerte su estandarte. Dominada la ciudad y reducida a cenizas, ordenó la ejecución de hombres, mujeres y niños mientras que, sentado en su caballo, contemplaba cómo el sol se iba cubriendo de un gris premonitorio.
Antes de que se produjera la última ejecución, movido por un impulso nunca antes visto, hizo detener los cuchillos. Con imponencia real, dejó correr sobre la criatura indultada una mirada de hierro, mientras ésta, hipnotizada, se retiraba entre el susto y la dignidad, para camuflarse en el humo de la ciudad y de sus muertos.
Ahora nada era opuesto a sus designios. Su imperio férreo se extendía hasta donde sólo tienen verdad las leyendas.
Pero un día el sol se cubrió de nuevo con nubes grises. El Monarca se dirigió hacia su trono y esperó. Aguardó el paso de sus ejércitos, el cierre de las puertas de la ciudad, la hora en que las sombras ocultan a los hombres. Sin inmutarse recibió al joven vestido de guardia que se acercó desde la oscuridad. Le lanzó la misma mirada de años atrás, concentrada ahora en el brillo del metal surgiendo de las cenizas.
Antes de que el cuerpo del hombre hubiera tocado el suelo, un imperio había sido destruido y uno nuevo creado. Al alba del siguiente día, los límites del mundo despertarían con el nacimiento del reino de Marduk, que la débil memoria de los hombres está a punto de entregar al olvido.
Copyright (c) Julio Cañón, 1997
No comments:
Post a Comment