Sutil, desorientada y ligera como ceniza, remontó el viento hasta que estuvo lejos de la conversación que le dio origen. Perdida en medio de la noche nueva, despertó para alimentarse con el verso infinito de sensaciones reveladoras, desconocidas. Creció con rapidez, transformándose en una gigantesca criatura gris de alas enormes y patas mullidas, curiosa, inquieta y desesperada, buscando las aguas de la corriente que calmaría, sin saberlo, la sed de todas sus horas.
Dos hombres la encontraron, moribunda y descomunal, a orillas de un río en medio de la lluvia. El más joven se mantuvo espantado a una distancia prudente. El viejo, sin inmutarse, se acercó a la cabeza de la enorme bestia y, tomándola con delicadeza, le susurró algo al oído. En el instante, la bestia alada expiró, dispersando entre la hierba su cuerpo convertido en un polvo fino y de buen aroma. El viejo siguió el camino con el joven que regresaba a su lado, intrigado: era la primera vez en su vida que presenciaba el fin de una historia.
Copyright (c) Julio Cañón, 1997
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