La descubrió a los ocho años, en el cuarto enmohecido que había pertenecido a su abuela. Allí recibió la impresión desmedida de los tiempos, reflejando el ímpetu de los ritmos que no mueren y la delicadeza sobrecogedora de las fronteras sin fin, entre los husos desgastados, la cosedora de pedales, los discos de acetato, las muñecas de trapo y los daguerrotipos envueltos por la humedad avejentada de las paredes de cal, adornadas con polillas. Luego, continuaría en la naturaleza de sus horas, persiguiendo la vida de juegos y placeres efímeros, mientras crecía, se hacía mujer, criaba cinco hijos, once nietos y envejecía malcriando a veinticuatro bisnietos, en noventa y siete años de vida que, como ella misma solía decir, no habían representado más que un ligero suspiro.
Copyright (c) Julio Cañón, 1997
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