Los del Frente llegaron antes del amanecer. Días antes habían secuestrado a mi familia; sabía que estaban rondando la finca esperando el momento apropiado. Antes de que entraran en el rancho, me levanté y los esperé afuera.
Eran más de cincuenta. Mis hombres, diezmados, no pudieron oponerse. Me entregué sin resistencia. Fui escupido, orinado, abatido a golpes; pero no me dejaron morir. No antes de presenciarlo.
Primero, trajeron el cuerpo de mi mujer. Lo arrojaron por partes. Algún hijo de puta me dijo por la espalda que había resistido como una mujer valiente, mientras otros me hacían señales obscenas y reían.
Después trajeron a mi hija de trece años. La arrojaron bruscamente al suelo frente a mí. La golpearon, la violaron; después alguien le disparó en la cabeza. Siguió un silencio corto. Nada en mí se movía.
Luego, mi hijo de diez años. Lo amarraron de pies y manos. Dos de ellos montaron sus caballos y tiraron de las cuerdas. Su grito se ahogó después de que los miembros se desprendieron. Ellos siguieron tirando hasta quedar cada uno con su parte. Festejaban.
Todo estaba muerto en mí, ya no había resistencia. Por mi cabeza nada pasaba, nada se movía. Sólo sentí el golpe seco de la hoja del machete sobre la nuca. Como último recuerdo, sin imágenes, rodó con mi cabeza el frío olor de la tierra negra, violada por la sangre.
Copyright (c) Julio Cañón, 1999
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