Saturday, January 24, 2009

Meditación en la cacería

La presa está a su alcance, desprotegida. El cazador camina despacio, respirando con lentitud mientras tensiona el arco y apunta...al tiempo que el zumbido de la flecha atraviesa la distancia que los separa, la víctima se vuelve y lo mira. Un rayo interior cruza entonces su mente; el escenario ha cambiado. Después de esto su mundo ya no será el mismo.

Ha visto como se tiende entre ellos un intrincado laberinto de bifurcaciones y convergencias, en las que él y su presa representan sólo dos de los extremos sin número, en un instante que tal vez para los dos no coincida, aunque ahora su flecha se la entregue como víctima y pueda cogerla, cargarla y sufrir por compartirla. Lo sabe: él y su presa jamás habitaron el mismo tiempo.

Esa noche se alimentará... sin comer, estará atento al aullido de los animales nocturnos... sin escucharlos y compartirá el calor de los otros... sin sentirlos. Estará solo, en medio de la compañía de todos.

Copyright (c) Julio Cañón, 1997


Condena

Es un momento, un eterno aquí y ahora: Estoy en la Ville des Ateires, en el año de 1643, incinerando el cuerpo perverso de una vieja bruja que en sus últimos denuestos contra el mundo me condena a mí, y a todos los que presenciaron su muerte, a recordar de por vida, vida tras vida, la cruel pesadilla de su atroz tormento.

Estoy en la Ville des Ateires, que es cualquier lugar del mundo, en el año de 1643, que es cualquier tiempo presente, cumpliendo una condena que no se apagará con fuego.

Copyright (c) Julio Cañón, 1999


Día sin juicio

El pueblo lo recibió como solía recibir a los extraños: con desdén y algo de curiosidad. Se bajó de la flota municipal que lo dejó solo en la mitad de la plaza, que a esa hora del día quemaba con más de treinta grados a la sombra, como era costumbre. Sin embargo, lo que más atrajo de su aspecto era que llevara, además de un paraguas cerrado y un maletín de medianas proporciones, un vestido negro con corbata perfectamente ajustada y sombrero a la vieja usanza, como si en lugar de un bus se hubiera bajado de un ropero, sin el menor indicio de sudor o desfallecimiento.

Lo primero que hizo al llegar, no fue buscar la sombra del árbol centenario que daba centro a la plaza, ni la cafetería cercana en la cual habría podido calmar la sed con algún refresco helado. Contrario a todo lo que se podía esperar, se quedó mirando como extasiado hacia la montaña que definía el paisaje suroriental del pueblo por espacio de quince minutos. Luego caminó con lentitud hacia la cafetería.

Era un hombre alto, blanco, de una edad difícil de definir aunque sobrepasaba con justicia la de los buenos patriarcas. Flaco de naturaleza y no por debilidad, tenía el rostro y las manos perfilados con rudeza por una rígida osamenta. Sus ojos de granito emanaban miradas dignas sólo de los más respetados halcones.

¿A qué hora abre la sacristía?- dijo, sin preámbulos.

Si Señor, buenos días, hoy no abre – le respondió el dueño de la cafetería, no sin cierta ironía y casi sin poder ocultar una risa maliciosa -¿Desea tomar algo?

Un vaso de agua.

¿Viene por algún asunto en particular?

Necesito hablar con el cura, es urgente.

El Padre está en una vereda, si quiere lo espera. Llega a eso de las seis.

Bien, solo puedo esperar.

Salió de la cafetería y se puso a caminar por el pueblo, sin decir palabra ni prestar interés por la gente o por las construcciones, mirando con ojos inquisidores sólo hacia la montaña. Después del medio día, desapareció y no volvió a verse sino hasta las seis.

Como está señor cura. Vengo a hablarle de un asunto urgente.

Bien, siéntese y cuénteme ¿De qué se trata?

Dentro de dos días, a las cinco de la tarde del domingo para ser preciso, una creciente de agua y lodo proveniente de la quebrada que le da nombre a este pueblo, lo destruirá por completo. He venido para prevenirlos.

¿Cómo puede usted saber eso? ¡Sólo un loco se atrevería a venir aquí a insinuar tamaña estupidez!. Esa quebrada está más seca que...su frnte, desde hace dos meses y aquí no suele llover durante estas fechas. ¿Cómo se atreve a...?

¡Vine a prevenirlos! Yo, como usted, también soy sólo un instrumento. No estoy aquí por gusto, como ya puede suponerlo. He venido a cumplir la voluntad de mi Señor. El domingo sucederá algo que pondrá a prueba su fe. Es su decisión.

Déjese de bromas, ¡Este no es siglo para estar diciendo payasadas!

El domingo vendré para hablar en la misa de doce. De usted depende que lo que he venido a hacer dé o no dé resultado. Le aconsejo, eso sí, que no olvide el paraguas, porque va a llover como nunca antes se ha visto. Buenas noches.

Sin mostrar descontento, el extraño salió de la casa cural y abrió el paraguas como movido por un acto reflejo. Caminó por la calle principal del pueblo sin detenerse ni dar vista a los lados y se perdió en la noche, cuando caían las primeras gotas sobre los tejados.

A pesar de que la lluvia no amainaba desde el viernes en la noche, la gente, llevada más por costumbre que por devoción, se había reunido en pleno para recibir la misa del medio día. El párroco apareció ante los feligreses con cara pálida y una expresión adusta. Rompiendo el protocolo, comenzó la misa en el púlpito, las manos sudorosas y muy intranquilas, diciendo:

Hijos míos, hoy debo comentarles algo que me ha turbado el alma desde el viernes: ¿Recuerdan al hombre extraño que vino ese día a hablar conmigo?- Algunos asintieron -Pues vino a prevenirme sobre esta lluvia que no ha parado. Me insistió, con una seguridad inquebrantable, que hoy a las cinco de la tarde, algo... terrible va a suceder ¡algo que sólo está...en manos del Señor!”

Todos los presentes se santiguaron repetidas veces y comenzaron a hablar entre sí, haciendo más difícil para el Padre la labor de tranquilizarlos.

Sin embargo”, continuó diciendo, “aquel hombre me dijo que vendría a esta iglesia al medio día de hoy para aclarar sus palabras ante todos, y de esta forma hacernos más comprensible la voluntad suprema. Yo en estos momentos no sé que pensar, pero después de que él hable, es bueno que tomemos entre todos una decisión definitiva.”

La gente escuchaba turbada las palabras del Padre, sin poder dar crédito a lo que decía. El extraño llegó, en medio de esa confusión de voces, sin que muchos se percataran. Caminó directo hacia el púlpito, con la misma ropa del viernes en perfectas condiciones, sin atisbo de agua en las solapas o de lodo en los zapatos. Ajeno a cualquier afán o temor, hablo de esta forma:

He venido para preveniros del desastre que está por ocurrir en este pueblo, según ha sido la voluntad de mi Señor. Él ha querido dar hoy una prueba de su poder y los ha escogido a ustedes para que sean sus testigos. No deben huir, si en realidad los mueve la fe. Según me lo ha manifestado, Su deseo es que todo hombre, mujer y niño que habita en este pueblo, se postre ante Él en la calle principal, con la cara puesta hacia la montaña, por donde ha de aparecer la razón de la desgracia y de donde proviene también la gloria del que esto me dicta.

Yo estaré frente a vosotros en todo momento, sin abandonaros. Seré así el primero en recibir la fuerza de Su señal. Debeis tener confianza en que sólo se hara Su Voluntad”.

El Padre, que ya le había escuchado, sintió que su discurso era firme y convincente. Recordó lo que le había dicho en esa ocasión. “De usted depende que lo que he venido a hacer dé o no dé resultado”. Invocando la fe, pidió a los feligreses que siguieran con confianza las palabras del extraño, quien debía ser una especie de ángel o enviado divino, aunque su apariencia no mostrara tal cosa. Entrada la tarde, todos se encontraban en la plaza central, sobre la calle principal, esperando que dieran las cinco campanadas que ya no se escucharían.

Los brazos del extraño se abrieron al cielo mostrando sus blancas y huesudas manos, cuyos dedos apuntaban en diez direcciones diferentes; sin embargo, sus ojos permanecían fijos mirando al pavimento: “¡Hágase tu voluntad, mi Señor!”, gritó, al tiempo que el torrente se desprendía furioso sobre la calle principal, engullendo hasta diez metros de altura todo lo que encontraba a su paso. La gente detrás de él permanecía arrodillada, sintiendo sólo el temblor de la tierra bajo sus piernas, rezando con los ojos cerrados y cubriendo todo el camino de salida. El torrente y su carga destructora pasaron sobre la multitud sin dejar detrás rastro alguno de humanidad hasta llegar al río.

Días después de la tragedia, cien kilómetros aguas abajo del pueblo, algunos pescadores identificaron en el agua, entre la inenarrable multitud de cuerpos que llamaban al desconsuelo y la tristeza, un sombrero negro y un maletín cuyo contenido, según sus versiones, era digno sólo del mismísimo Diablo.

Copyright (c) Julio Cañón, 2000

Desde la ventana

Ya no está y sin embargo ¿Cómo alterar su último desorden?, ¿Cómo apartar de mi lado la promesa de un regreso imposible?. Ahí siguen descansando sus tenis de deportista aficionado, uno sobre otro, como esperándolo para que los devuelva a la vida. Su cama sin tender, con la sábana aún cubierta de su olor. Los discos de colección aguardando en silencio, los libros de universidad dispersos y descuidados, cómo les tenía las puntas. Ahí están, ahí se quedarán, siempre abiertos, cada uno ahogando la angustia nocturna antes del parcial. Su ropa amontonada en un solo cajón ¡Que descuidado era!

Sí, aún tenías mucho por aprender. Pero por qué tenías que irte así, de esa manera. Las angustias de mi corazón jamás dejaron que salieras de casa sin previsiones, y cada vez que esa puerta cerraba tras de ti comenzaban mis preocupaciones, los pensamientos que decían: ¿Habrá cruzado bien las calles? ¿Se detendría a mirar algún tumulto que no le correspondía? ¿Quiénes son los amigos con los que anda? ¿Por qué aún no llega de clases?

Verlo aparecer cada tarde o cada noche era el júbilo de ganar todos los días mi batalla de veladoras y oraciones contra el infortunio. Él nunca comprendió por qué mi rostro se iluminaba cuando llegaba a casa, pero no lo culpo. Así somos todos cuando jóvenes y a mí me bastaba con saber que todo iba bien porque lo veía en sus ojos.

Esa tarde yo estaba haciendo el almuerzo, como de costumbre. Puse la radio a un volumen alto para escuchar entre los silbidos de la olla las noticias. “Un petardo de regular poder explosivo” había detonado cerca de las instalaciones de una entidad bancaria. “Un peatón muerto y varios heridos es el saldo del acto terrorista...”, y yo confiada te esperaba porque no podías ser tu, el mundo te deparaba grandes cosas, el mundo...tus tenis sin gastar.

Todos me dicen que te deje ir, que aferrarme a tu recuerdo me duele y te duele a ti también, que es tiempo de volver a mi vida de antes, como tu hubieras querido que fuera. Pero es un consuelo inútil, porque tú eras mi vida de antes, tú eres mi vida de ahora. Una madre nunca deja de serlo, es algo que ellos no pueden comprender.

Por la ventana siguen pasando mis horas, mirando sin mirar, esperando siempre la misma sombra que antes me obligaba a mantener encendida la luz del pasaje. A veces escucho a lo lejos las sirenas que llevan los afanes y urgencias de otros, pero ya nunca serán motivo de mi preocupación. Te has ido, y por esas crueles revelaciones de la injusticia, las piedras vuelven a ser piedras y mi amor se fatiga, llora y a veces incluso olvida por qué está llorando.

Copyright (c) Julio Cañón, 2001




La Catedral

La hemos llenado de gloria humana, majestuosa, soportada en sólida estructura de granito, cubierta con acabados de diseños delicados que alucinan en su interior inconcluso y sin límites a través de espejos que multiplican las imágenes, mientras la luz de lo exterior desborda su magia de color por entre los cristales minúsculos que componen mosaicos de lo visto y lo sentido.

Hemos confesado en sus aposentos todos nuestros sueños y culpas. Vidas de éxito y derrota han quedado plasmadas en sus muros, bajo las piedras de su altar, en el refinamiento de los íconos que cuentan una historia corta, silenciosa y muchas veces desenvuelta.

Sus planos y sombras se han descrito y se describirán en las crónicas ilustradas de las bibliotecas y de sus múltiples laberintos que dormitan en los sótanos húmedos junto con las almas de todos los que traspasan confiados las puertas de entrada sin salida, porque estas últimas se suelen extraviar u olvidar o simplemente no existen.

Este es nuestro orgullo de constructores, el misterio de la más perfecta catedral, cuyos detalles, como los granos de arena, se contemplan una y otra vez sin conocer término alguno. Algún día, quizás, Dios habite en ella.

Copyright (c) Julio Cañón, 2000

Pequeña justicia

Hace algún tiempo recibí la visita de una hormiga. Sé que esto puede sonar demasiado inocente, incluso para la historia más inocente que pueda ser contada, pero me dispenso este comienzo haciendo notar que lo normal es que uno vea no una sino a cientos, miles, millones de ellas, avanzando en filas, de ida y regreso, cargando recortes de hojitas, o capullos, de una a otra colonia. Por eso le presté atención. Subió por mi bota sin hacer un esfuerzo extraordinario, como si estuviera decidida a conocerme. Traía algo en las mandíbulas. Al principio no lo detallé bien, pero cuando ya iba a la altura de mi rodilla, después de haber flanqueado dos largos pliegues del pantalón, pude darme cuenta de que llevaba un minúsculo bastoncillo con una bolsita de proporciones aún más modestas, amarrada en uno de los extremos (para estos propósitos, siempre cargo una buena lupa). Esto me intrigó aún más que verla sola. Le acerqué mi dedo índice derecho para ofrecerle un atajo (sin saber aún cual era su destino o sus intenciones). Ella lo recibió con algo de curiosidad, moviendo sus antenas, pero luego se aferró a él y continuó caminando por la mano, subiendo dubitativa el brazo, luego el antebrazo, hasta que estuvo a la altura del hombro. Ahí tomó un segundo aire, disimulando cierta vaga exploración que ni yo mismo le creí, y pronto continuó ascendiendo hasta llegar a la altura de mi oreja.

Por la forma en que actuaba, daba la impresión de no estar muy segura de su siguiente movimiento. Es probable que la desconcertaran los senderos circulares de la oreja, o la sensación de ese oscuro foso en el centro la hiciera entrar en pánico. El hecho es que por un momento se mantuvo quieta, batiendo las antenas a la entrada del pabellón. ¿Por qué se había arriesgado a viajar tan lejos de su casa? Quizás había huido de su colonia porque no soportaba más la presión de una esclavitud impuesta por la más rigurosa de las jerarquías. Sin embargo, en tales casos lo que suele ser procedente es la repartición de panfletos revolucionarios (imagino mensajes químicos por medio de hormonas subversivas), o la confabulación en grupos para tomarse a la fuerza el poder o algo por el estilo. Tal vez salió buscando a Dios, como lo han hecho muchos de los nuestros, hombres de espíritu recto que se convierten en líderes, profetas, ascetas o ermitaños, pero que de seguro nunca le han encontrado.

Podría ser también el simple deseo de escalar un obstáculo considerable (algo así como un monte Everest), aunque para ser sincero mi estatura dista mucho de ser un propósito a vencer entre los de mi especie y además había terminado por acoger mi atajo, lo cual no era una actitud propia de una verdadera escaladora. Llegué a inquietarme en realidad cuando supuse que la inocente hormiguita, que ahora comenzaba a circular graciosamente por mi oreja, estaba en realidad explorando un posible sitio para trasladar la colonia, pero esto pronto dejó de ser una preocupación pues tampoco resulta lógico que un solo individuo, de cualquier especie que se trate, se aventure a recorrer un lugar desconocido sin contar con el apoyo de otros.

¿Qué estaría cargando en la bolsa? Tal vez la razón de su presencia solitaria en mi oreja obedecía simplemente a la evasión de la ley por haber cometido un crimen, posiblemente un delito menor (el robo de una porción adicional de alimento), o algo más grave como el secuestro de una larva de la nobleza, lo cual me puso sobre aviso de la posibilidad de estar siendo cómplice de una situación embarazosa. En todo caso, sabía que en la diminuta bolsa hallaría la razón de su presencia. ¿Debía esperar para que la abriera? O, por el contrario, tomarla por sorpresa. No fue necesario lo segundo, ya que ella misma finalmente se detuvo en el primer descanso sobre el lóbulo y con sus patas delanteras desabrochó la bolsita.

A estas alturas se preguntarán cómo podía ver todo esto, estando como estaba la hormiga en mi oreja. Bueno, pues asistiéndome de un espejo de mano como es obvio. Pero ¿Qué contenía la bolsita? Era la pregunta que pronto hallaría respuesta. Aún hoy siento todo el peso de la imagen cargado en mi corazón: con qué delicada actitud fue extrayendo uno a uno los restos de un pequeño cuerpo, alguna vez articulado, que batió de seguro sus antenitas tratando de seguir en su marcha a la que, en esos momentos, se exponía en un temerario viaje por agreste geografía, para hacer que el culpable reconociera su crimen y recibiera su castigo. Yo bajé la mirada, reducido como estaba a un tamaño mil veces inferior al de mi acusadora y aunque expié juiciosamente mi conciencia no pude determinar cuándo había ocurrido aquello. Lugares no faltaban dentro y fuera de la casa, a ras de suelo o al nivel de las manos. Sin hablarme, había dejado en mi oreja un veredicto secreto de justicia, que no por venir de una hormiga deja de ser doloroso. Pero así, simplemente, es la vida. Uno a uno fue recogiendo los restos para envolverlos. Acomodó con delicadeza la bolsita en el bastón y sin solicitar ayuda, descendió imperturbable hasta alcanzar, después de graves quiebres y arrugas, mi zapato. Una vez en el suelo y guiándose con las antenas, se perdieron ella y sus pesares dentro de una minúscula grieta en la pared de la cocina.

Copyright (c) Julio Cañón, 2001




Caballo de Troya

Es la final del campeonato de futbol del año 2042. En el campo se enfrentan Italia y Argentina. Han corrido ochenta minutos de juego con un agónico empate sin goles, que se rompe de modo magistral cuando las hábiles piernas del delantero italiano Andrea Strossi esquivan la defensa rival y de un potente disparo de zurda desde fuera del área catapulta la esférica sobre la humanidad de Marcelo Limbodrio, quien sólo tiene reflejos para observar cómo se infla la valla cerca del paral derecho. Un júbilo europeo ronda el estadio, invadido por el calor local de cuatrocientosmil espectadores, venidos de todo el orbe.

Argentina lanza un ataque desenfrenado. Por todos los medios intenta conseguir la igualdad, avanzando por los costados y penetrando en forma tímida y discreta la sólida defensa italiana; sin embargo, todos sus intentos desfallecen sin inquietar demasiado al orgulloso guardavallas Vittorio Quieza. Pasan en este episodio siete agotadores minutos.

Una falta descalificadora del defensa Alessandro Maldoni sobre el delantero gaucho José Pingalupi, cerca del área del equipo italiano, es sentenciada por el árbitro como tiro libre indirecto. Quizás es la última oportunidad del equipo suramericano. Entonces sucede.

El capitán gaucho, defensa centro, Martín Batista, acomoda el balón, pero en lugar de tomar impulso para golpearlo hacia el centro del área chica, como ha sido costumbre desde que el fútbol es fútbol, decide en su desesperación pararse frente a la esférica colocando sus manos en jarra, mientras invita a sus compañeros a que le sigan en la estrategia.

Ocho de los once jugadores gauchos se acomodan alrededor del balón uniendo sus brazos para formar una muralla humana, circular e inexpugnable, en cuyo centro se encuentra el balón, protegido por las piernas de un noveno hombre, el goleador Hector Plazas.

El árbitro asiste a la insólita postura con desconcierto y en lo que parecen ser segundos eternos, no encuentra ninguna contravención a las reglas en el procedimiento, así que pita para que la jugada continúe. Al grito de «¡Avance!», el círculo humano comienza a caminar en formación cerrada hacia la portería rival. La defensa italiana, extrañada en un principio, no sabe cómo responder. Cuando deciden finalmente interponerse al paso de la muralla, es demasiado tarde: han flanqueado el área chica y se abren formando una U que deja libre al delantero para que, con toda la furia de que es capaz, lance el balón disparado contra la red.

Miles de flashes se mantienen en todo momento alerta, siguiendo la jugada y la posterior desbandada de los argentinos, que empatan en el último minuto un encuentro que parecía perdido, ante la desdicha e impotencia de los italianos.

Muchos de los asistentes al estadio murmuran acerca de la estrategia, comparándola con la epopeya homérica, revelando de este modo que en el mundo de los humanos todo se repite, ya sea en el mar, o entre murallas, en los oscuros pasajes del Hades o en este limitado campo verde, donde vemos enfrentarse de nuevo los valores de la templanza y el deseo de victoria. Otros menos trascendentales sentencian: ¡Así es el futbol! !Qué le vamos a hacer! Todo es posible antes de que suene el pitazo final.

¿Alguien todavía pregunta por el equipo que ganó el cotejo? Los que estén interesados sólo tendrán que esperar algunos años. Lo que sí les garantizo es que el final será aún más sorprendente.

Copyright (c) Julio Cañón, 2000