Showing posts with label Cuentos. Show all posts
Showing posts with label Cuentos. Show all posts

Saturday, January 24, 2009

Virus del lenguaje

Los virus del lenguaje son pequeños e insignificantes, como sus parientes biológicos. Inofensivos en los primeros estados de incubación, cobran pronto fuerza y se hacen presentes en los períodicos, artículos científicos, libros y revistas, apoderándose de las pobres mentes humanas, sus víctimas. Hoy las conocemos como siglas, o abreviaturas: moda barbárica iniciada por los anglosajones, como tantas otras formas simplificadoras de su imperial existencia. En apariencia nos brindan una manera cómoda de hablar en esta vida de agitación de las ciudades modernas, otro invento de los hilos de poder de las afamadas revoluciones industriales. Pero ¿A dónde conducen en realidad sus viciosas intensiones?¿Qué perverso y fatal interés se esconde detrás de ellos?

La ciencia ha descubierto que los virus están formados por cadenas de ácido ribonucléico. El virus del lenguaje llama a este importante descubrimiento ARN. Y es ésta la característica distintiva de sus émulos linguísticos: los virus del lenguaje explotan y atomizan a las palabras y reducen sus significados a simples juegos de letras.

Una vez en las conciencias, el virus se fortifica y trata por todos los medios de hacer que nuestro vocabulario se pueda acomodar a una receta simplificatoria. Comienza por buscar fórmulas en apariencia novedosas para nombrar las cosas. Por ejemplo, causa en la mente de algún burócrata que la palabra tugurio se convierta en unidad familiar de primer orden. Luego el virus potencia las primeras letras de cada palabra poniéndolas en mayúscula: Unidad Familiar de Primer Orden. Posteriormente, valiéndose de unos paréntesis, separa las primeras letras y las reune en una glosa pegajosa: (UFPO). Después se reproduce sin control dentro de los informes estatales hasta generar el resultado deseado: el ascenso del empleado creativo que logra que más de veinte millones de personas miserables ni siquiera puedan tener una palabra completa para nombrar su tragedia.

Aunque el virus es coetáneo del lenguaje humano, se manifiesta con mayor rigor en las comunidades burocratizadas en las que el papeleo se convierte en parte del modo de vida. De hecho el vocablo de origen latino abbreviatur para significar el acortamiento de las palabras, indica que ya en tiempos del imperio romano era una práctica frecuente. Pero es quizás en esta época, que va de los años sesentas hasta nuestros días, cuando la peste se ha desbordado. Liberado del dominio de los diccionarios y las enciclopedias donde la repetición puede justificar de alguna forma su uso, se desenvuelve sin vergüenza en la vida de diario.

Basta comparar el lenguaje de una persona mayor, con el de una adulta y otra adolecente, para verificar la dramática descomposición de vocablos en la que han contribuido de modo superlativo el demonio televisivo y la moda maligna de la información de actualidad.

Si nuestros abuelos sufrían una enfermedad, por ejemplo gripa, acudían a un doctor o galeno, y compraban en la botica o la farmacia las hierbas, drogas o jarabes que en infusiones permitían recomponer el estado de ánimo. Pero en los días que corren, como bien lo saben los sabios del norte, el impacto de los virus, tanto biológicos como lingüísticos, se hace evidente: si una persona es atacada por una IRA (Infección Respiratoria Aguda), debe acudir a la EPS o al ISS para que un MD le recete unas drogas que puede comprar en una CCF. Y cuando nos reponemos de la enfermedad, basta con decirle a los seres queridos que todo marcha OK.

Llegar a casa significa en muchos casos, prender la TV para ver el informe sin distinción, y en este caso por respeto a los lectores no hay que caer en la argucia antes citada de colocar entre paréntesis las iniciales, de la red vírica global de los incontables e insufribles RCN, CNN, PSN, MTV, ESPN, BBC, DW, RAI, MGM, NHK, FOX y un largo y virulento ETC de bien llamadas cadenas informativas. Si uno se cansa de eso puede poner en el VHS una película, luego prender el PC, poner un juego de vídeo en el CDROM o el DVD, entrar en la WEB, pasar por el WC e irse finalmente a la cama, un poco menos enriquecido de vocabulario.

El asunto preocupa si se tiene en cuenta que los amenazantes deseos de las burocracias modernas, que no son más que las charcas donde estos virus cobran fuerza, desde que se nace obligan en aras de la universalidad mal entendida a llevar un NUI para que se nos reconozca como seres que existen en la sociedad. Cuando se alcanza la supuesta mayoría de edad que permite decidir en libertad, recibimos la CC para votar ante el CNE por los candidatos hereditarios de la DNL, PCC, PSC y otras mezclas inoficiosas, a menos que se participe con animosidad inocente en una ONG igual de inoficiosa e increiblemente inútil. Los jóvenes desprovistos de incentivos gramaticales ya no quieren ingresar a las universidades en busca de la verdadera ciencia, sino darse un paseo por la U, y cuando se gradúan, depositan la confianza de su bienestar en las correspondientes EPS, ARP y AFP durante el resto de sus inocuas, muchas veces inicuas y por lo común burocráticas existencias. La vida productiva, que no debe confundirse con la hoy tan criticada vida reproductiva, debe llevar aparejado su NIT para que el estado pueda cobrar el IVA, y de esta forma nuestra contribución pueda ser tenida en cuenta dentro del PIB que es la medida de todas las cosas en el moderno olimpo del BM, el BID y el FMI.

El mundo entero, multicultural y diverso, ha sucumbido al influjo de los reduccionistas con su promulgada aldea global: las potencias modernas UK, EUA y la tan esperada UE, que cambió el florido linaje de las monedas europeas por el único y simplificado poder adquisitivo del EURO, dominan hoy el comercio y la economía. La virulenta amalgama de naciones reunidas no pudo encontrar un mote más apropiado que el de ONU, para simplificar sus ya limitados alcances.

También hemos hipotecado nuestros miedos ante esta epidemia: a los niños de hoy ya no los asustan los duendes, el coco o los fantasmas, sino las sangrientas tomas de las FARC, AUC, ELN, EPL y demás agentes virulentos letales, como el SIDA, el moderno coco del goce desenfrenado. Y si creemos que de la muerte tenemos escapatoria, basta recordar el último adiós que en el avanzado estado de modorra lingüística que nos caracteriza, resume con sabiduría moderna el peso específico de nuestro paso por este mundo cuando reza apocalíptico: QEPD.

Cuando la sal se corrompe...El arte de amar, eterno motivo incitante de la poesía y prosa universal, hoy se reduce para muchos jóvenes a la fórmula viral TQM. Ante esta reducción, en verdad sobran las palabras.

Si se piensa que en el ejercicio está la salvación que retorna el ánimo a la vieja máxima mente sana en cuerpo sano entonces bastará ver cómo el ímpetu industrial de la simplificación se ha apoderado de las mafias deportivas prácticamente desde sus comienzos: FIFA, UEFA, NFLA, NBA, COI, son sólo algunos de sus exponentes.

La literatura se ha resistido con valentía a este yugo infeccioso, ofreciendo oasis semánticos en medio del virulento desierto abecedario. Pero cabe preguntar cuánto tiempo pasará antes de que estos maliciosos virus infecten también este reducto del idioma. Los ingleses ya están familiarizados con sus cuentos de ciencia ficción llenos de maravillas tecnológicas que ameritan su correspondiente abreviatura. Pero nada obliga a un malpensante a seguirlos por fuerza en esa desmadrada tentativa.

Hay que ofrecer resistencia verbal permanente para evitar que la conciencia sucumba de forma lenta pero inexorable a la tentación de las letras por palabras. Atacar de raíz los virus que causan el retroceso del ya de por sí macilento y adormecido pensamiento humano. Es imperativo que no se asocie la tecnología y el progreso con estas maléficas reducciones al absurdo. Como ejercicio de buenos malpensantes es necesario extraer todo el sabor y el contenido de las palabras, una y otra vez, así la repetición las haga aparecer insoportables. Los ancestros humanos sabían que en la repetición se esconde la virtud mágica de las palabras que otorga poder a las cosas y es ese poder el que persiguen los virus del lenguaje con avidez.

La tarea consiste pues en hacer uso de sinónimos, antónimos, metáforas, hipérboles y cualquier otro recurso linguístico inventado o por inventar, definido o por definir, para que ni el espíritu, ni el intelecto humano se amodorren, acobarden o se dejen intimidar por las superpotencias que los quieren someter y esclavizar, aquí y en todas las naciones, para convertir a las personas en organismos mansos y distantes, como si fuesen ganado que se ceba para alimentar la inútil y perversa opinión general que no conduce a nada. Carpe Diem.

Julio Canon, copyright 2002

Fugas

Lánciles gotas suicidas aún no terminan su caída y entre el sonido del viento sordo y el aroma del pasto siempre verde, yace ahora eternamente el cuerpo de un hombre al que se le quebró prematuramente el tiempo.

Copyright (c) Julio Cañón, 1997


Un hombre, protegido por la lluvia helada de una ciudad indiferente, ha cruzado los umbrales de un callejón sin salida. Sabe que es su última noche verdadera. Morirá sin testigos ni testamento, vencido por una cruel pulmonía. Nadie indagará sobre su origen, ni cavilará sobre su destino. Sin embargo, en la inmensidad del gran cuento inaprensible, habrá tenido la oportunidad de ser también un fragmento.

Copyright (c) Julio Cañón, 1997


Un valor extraño

Un valor extraño de la vida: no el del que arremete su humanidad contra fieros ejércitos sabiéndose desprotegido, sino el del que, sabiéndose armado y poderoso, sucumbe ante la imagen de infortunio que encarna el llanto de la pequeña niña, abandonada en la esquina del cuento.

Copyright (c) Julio Cañón, 1997


En el desierto

En su cuarta aparición le propuso convertirse en el seguidor más fiel si le demostraba su verdadero poder. «No he venido a convencerte a ti, que eres mi demonio», le respondió, «He venido a convencer a los hombres del demonio que cada uno lleva adentro». Luego, tomó su camino hacia las ciudades.

Copyright (c) Julio Cañón, 1997


Dosis de tiempo

A veces el tiempo nos viene en goticas: decantamos una a una hasta percibir su esencia más fina. En ocasiones, nos doblega en torrentes que superan toda medida y de los cuales, sólo con suerte, podemos librarnos. Hoy, escribo esto mientras lo escucho salpicar diligente la cubeta, ya medio llena, que lo recibe en su caída desde una grieta que él mismo ha abierto en el techo...

Copyright (c) Julio Cañón, 1997

Un instante de eternidad

La descubrió a los ocho años, en el cuarto enmohecido que había pertenecido a su abuela. Allí recibió la impresión desmedida de los tiempos, reflejando el ímpetu de los ritmos que no mueren y la delicadeza sobrecogedora de las fronteras sin fin, entre los husos desgastados, la cosedora de pedales, los discos de acetato, las muñecas de trapo y los daguerrotipos envueltos por la humedad avejentada de las paredes de cal, adornadas con polillas. Luego, continuaría en la naturaleza de sus horas, persiguiendo la vida de juegos y placeres efímeros, mientras crecía, se hacía mujer, criaba cinco hijos, once nietos y envejecía malcriando a veinticuatro bisnietos, en noventa y siete años de vida que, como ella misma solía decir, no habían representado más que un ligero suspiro.

Copyright (c) Julio Cañón, 1997


Meditación en la cacería

La presa está a su alcance, desprotegida. El cazador camina despacio, respirando con lentitud mientras tensiona el arco y apunta...al tiempo que el zumbido de la flecha atraviesa la distancia que los separa, la víctima se vuelve y lo mira. Un rayo interior cruza entonces su mente; el escenario ha cambiado. Después de esto su mundo ya no será el mismo.

Ha visto como se tiende entre ellos un intrincado laberinto de bifurcaciones y convergencias, en las que él y su presa representan sólo dos de los extremos sin número, en un instante que tal vez para los dos no coincida, aunque ahora su flecha se la entregue como víctima y pueda cogerla, cargarla y sufrir por compartirla. Lo sabe: él y su presa jamás habitaron el mismo tiempo.

Esa noche se alimentará... sin comer, estará atento al aullido de los animales nocturnos... sin escucharlos y compartirá el calor de los otros... sin sentirlos. Estará solo, en medio de la compañía de todos.

Copyright (c) Julio Cañón, 1997


Condena

Es un momento, un eterno aquí y ahora: Estoy en la Ville des Ateires, en el año de 1643, incinerando el cuerpo perverso de una vieja bruja que en sus últimos denuestos contra el mundo me condena a mí, y a todos los que presenciaron su muerte, a recordar de por vida, vida tras vida, la cruel pesadilla de su atroz tormento.

Estoy en la Ville des Ateires, que es cualquier lugar del mundo, en el año de 1643, que es cualquier tiempo presente, cumpliendo una condena que no se apagará con fuego.

Copyright (c) Julio Cañón, 1999


Día sin juicio

El pueblo lo recibió como solía recibir a los extraños: con desdén y algo de curiosidad. Se bajó de la flota municipal que lo dejó solo en la mitad de la plaza, que a esa hora del día quemaba con más de treinta grados a la sombra, como era costumbre. Sin embargo, lo que más atrajo de su aspecto era que llevara, además de un paraguas cerrado y un maletín de medianas proporciones, un vestido negro con corbata perfectamente ajustada y sombrero a la vieja usanza, como si en lugar de un bus se hubiera bajado de un ropero, sin el menor indicio de sudor o desfallecimiento.

Lo primero que hizo al llegar, no fue buscar la sombra del árbol centenario que daba centro a la plaza, ni la cafetería cercana en la cual habría podido calmar la sed con algún refresco helado. Contrario a todo lo que se podía esperar, se quedó mirando como extasiado hacia la montaña que definía el paisaje suroriental del pueblo por espacio de quince minutos. Luego caminó con lentitud hacia la cafetería.

Era un hombre alto, blanco, de una edad difícil de definir aunque sobrepasaba con justicia la de los buenos patriarcas. Flaco de naturaleza y no por debilidad, tenía el rostro y las manos perfilados con rudeza por una rígida osamenta. Sus ojos de granito emanaban miradas dignas sólo de los más respetados halcones.

¿A qué hora abre la sacristía?- dijo, sin preámbulos.

Si Señor, buenos días, hoy no abre – le respondió el dueño de la cafetería, no sin cierta ironía y casi sin poder ocultar una risa maliciosa -¿Desea tomar algo?

Un vaso de agua.

¿Viene por algún asunto en particular?

Necesito hablar con el cura, es urgente.

El Padre está en una vereda, si quiere lo espera. Llega a eso de las seis.

Bien, solo puedo esperar.

Salió de la cafetería y se puso a caminar por el pueblo, sin decir palabra ni prestar interés por la gente o por las construcciones, mirando con ojos inquisidores sólo hacia la montaña. Después del medio día, desapareció y no volvió a verse sino hasta las seis.

Como está señor cura. Vengo a hablarle de un asunto urgente.

Bien, siéntese y cuénteme ¿De qué se trata?

Dentro de dos días, a las cinco de la tarde del domingo para ser preciso, una creciente de agua y lodo proveniente de la quebrada que le da nombre a este pueblo, lo destruirá por completo. He venido para prevenirlos.

¿Cómo puede usted saber eso? ¡Sólo un loco se atrevería a venir aquí a insinuar tamaña estupidez!. Esa quebrada está más seca que...su frnte, desde hace dos meses y aquí no suele llover durante estas fechas. ¿Cómo se atreve a...?

¡Vine a prevenirlos! Yo, como usted, también soy sólo un instrumento. No estoy aquí por gusto, como ya puede suponerlo. He venido a cumplir la voluntad de mi Señor. El domingo sucederá algo que pondrá a prueba su fe. Es su decisión.

Déjese de bromas, ¡Este no es siglo para estar diciendo payasadas!

El domingo vendré para hablar en la misa de doce. De usted depende que lo que he venido a hacer dé o no dé resultado. Le aconsejo, eso sí, que no olvide el paraguas, porque va a llover como nunca antes se ha visto. Buenas noches.

Sin mostrar descontento, el extraño salió de la casa cural y abrió el paraguas como movido por un acto reflejo. Caminó por la calle principal del pueblo sin detenerse ni dar vista a los lados y se perdió en la noche, cuando caían las primeras gotas sobre los tejados.

A pesar de que la lluvia no amainaba desde el viernes en la noche, la gente, llevada más por costumbre que por devoción, se había reunido en pleno para recibir la misa del medio día. El párroco apareció ante los feligreses con cara pálida y una expresión adusta. Rompiendo el protocolo, comenzó la misa en el púlpito, las manos sudorosas y muy intranquilas, diciendo:

Hijos míos, hoy debo comentarles algo que me ha turbado el alma desde el viernes: ¿Recuerdan al hombre extraño que vino ese día a hablar conmigo?- Algunos asintieron -Pues vino a prevenirme sobre esta lluvia que no ha parado. Me insistió, con una seguridad inquebrantable, que hoy a las cinco de la tarde, algo... terrible va a suceder ¡algo que sólo está...en manos del Señor!”

Todos los presentes se santiguaron repetidas veces y comenzaron a hablar entre sí, haciendo más difícil para el Padre la labor de tranquilizarlos.

Sin embargo”, continuó diciendo, “aquel hombre me dijo que vendría a esta iglesia al medio día de hoy para aclarar sus palabras ante todos, y de esta forma hacernos más comprensible la voluntad suprema. Yo en estos momentos no sé que pensar, pero después de que él hable, es bueno que tomemos entre todos una decisión definitiva.”

La gente escuchaba turbada las palabras del Padre, sin poder dar crédito a lo que decía. El extraño llegó, en medio de esa confusión de voces, sin que muchos se percataran. Caminó directo hacia el púlpito, con la misma ropa del viernes en perfectas condiciones, sin atisbo de agua en las solapas o de lodo en los zapatos. Ajeno a cualquier afán o temor, hablo de esta forma:

He venido para preveniros del desastre que está por ocurrir en este pueblo, según ha sido la voluntad de mi Señor. Él ha querido dar hoy una prueba de su poder y los ha escogido a ustedes para que sean sus testigos. No deben huir, si en realidad los mueve la fe. Según me lo ha manifestado, Su deseo es que todo hombre, mujer y niño que habita en este pueblo, se postre ante Él en la calle principal, con la cara puesta hacia la montaña, por donde ha de aparecer la razón de la desgracia y de donde proviene también la gloria del que esto me dicta.

Yo estaré frente a vosotros en todo momento, sin abandonaros. Seré así el primero en recibir la fuerza de Su señal. Debeis tener confianza en que sólo se hara Su Voluntad”.

El Padre, que ya le había escuchado, sintió que su discurso era firme y convincente. Recordó lo que le había dicho en esa ocasión. “De usted depende que lo que he venido a hacer dé o no dé resultado”. Invocando la fe, pidió a los feligreses que siguieran con confianza las palabras del extraño, quien debía ser una especie de ángel o enviado divino, aunque su apariencia no mostrara tal cosa. Entrada la tarde, todos se encontraban en la plaza central, sobre la calle principal, esperando que dieran las cinco campanadas que ya no se escucharían.

Los brazos del extraño se abrieron al cielo mostrando sus blancas y huesudas manos, cuyos dedos apuntaban en diez direcciones diferentes; sin embargo, sus ojos permanecían fijos mirando al pavimento: “¡Hágase tu voluntad, mi Señor!”, gritó, al tiempo que el torrente se desprendía furioso sobre la calle principal, engullendo hasta diez metros de altura todo lo que encontraba a su paso. La gente detrás de él permanecía arrodillada, sintiendo sólo el temblor de la tierra bajo sus piernas, rezando con los ojos cerrados y cubriendo todo el camino de salida. El torrente y su carga destructora pasaron sobre la multitud sin dejar detrás rastro alguno de humanidad hasta llegar al río.

Días después de la tragedia, cien kilómetros aguas abajo del pueblo, algunos pescadores identificaron en el agua, entre la inenarrable multitud de cuerpos que llamaban al desconsuelo y la tristeza, un sombrero negro y un maletín cuyo contenido, según sus versiones, era digno sólo del mismísimo Diablo.

Copyright (c) Julio Cañón, 2000

Desde la ventana

Ya no está y sin embargo ¿Cómo alterar su último desorden?, ¿Cómo apartar de mi lado la promesa de un regreso imposible?. Ahí siguen descansando sus tenis de deportista aficionado, uno sobre otro, como esperándolo para que los devuelva a la vida. Su cama sin tender, con la sábana aún cubierta de su olor. Los discos de colección aguardando en silencio, los libros de universidad dispersos y descuidados, cómo les tenía las puntas. Ahí están, ahí se quedarán, siempre abiertos, cada uno ahogando la angustia nocturna antes del parcial. Su ropa amontonada en un solo cajón ¡Que descuidado era!

Sí, aún tenías mucho por aprender. Pero por qué tenías que irte así, de esa manera. Las angustias de mi corazón jamás dejaron que salieras de casa sin previsiones, y cada vez que esa puerta cerraba tras de ti comenzaban mis preocupaciones, los pensamientos que decían: ¿Habrá cruzado bien las calles? ¿Se detendría a mirar algún tumulto que no le correspondía? ¿Quiénes son los amigos con los que anda? ¿Por qué aún no llega de clases?

Verlo aparecer cada tarde o cada noche era el júbilo de ganar todos los días mi batalla de veladoras y oraciones contra el infortunio. Él nunca comprendió por qué mi rostro se iluminaba cuando llegaba a casa, pero no lo culpo. Así somos todos cuando jóvenes y a mí me bastaba con saber que todo iba bien porque lo veía en sus ojos.

Esa tarde yo estaba haciendo el almuerzo, como de costumbre. Puse la radio a un volumen alto para escuchar entre los silbidos de la olla las noticias. “Un petardo de regular poder explosivo” había detonado cerca de las instalaciones de una entidad bancaria. “Un peatón muerto y varios heridos es el saldo del acto terrorista...”, y yo confiada te esperaba porque no podías ser tu, el mundo te deparaba grandes cosas, el mundo...tus tenis sin gastar.

Todos me dicen que te deje ir, que aferrarme a tu recuerdo me duele y te duele a ti también, que es tiempo de volver a mi vida de antes, como tu hubieras querido que fuera. Pero es un consuelo inútil, porque tú eras mi vida de antes, tú eres mi vida de ahora. Una madre nunca deja de serlo, es algo que ellos no pueden comprender.

Por la ventana siguen pasando mis horas, mirando sin mirar, esperando siempre la misma sombra que antes me obligaba a mantener encendida la luz del pasaje. A veces escucho a lo lejos las sirenas que llevan los afanes y urgencias de otros, pero ya nunca serán motivo de mi preocupación. Te has ido, y por esas crueles revelaciones de la injusticia, las piedras vuelven a ser piedras y mi amor se fatiga, llora y a veces incluso olvida por qué está llorando.

Copyright (c) Julio Cañón, 2001




La Catedral

La hemos llenado de gloria humana, majestuosa, soportada en sólida estructura de granito, cubierta con acabados de diseños delicados que alucinan en su interior inconcluso y sin límites a través de espejos que multiplican las imágenes, mientras la luz de lo exterior desborda su magia de color por entre los cristales minúsculos que componen mosaicos de lo visto y lo sentido.

Hemos confesado en sus aposentos todos nuestros sueños y culpas. Vidas de éxito y derrota han quedado plasmadas en sus muros, bajo las piedras de su altar, en el refinamiento de los íconos que cuentan una historia corta, silenciosa y muchas veces desenvuelta.

Sus planos y sombras se han descrito y se describirán en las crónicas ilustradas de las bibliotecas y de sus múltiples laberintos que dormitan en los sótanos húmedos junto con las almas de todos los que traspasan confiados las puertas de entrada sin salida, porque estas últimas se suelen extraviar u olvidar o simplemente no existen.

Este es nuestro orgullo de constructores, el misterio de la más perfecta catedral, cuyos detalles, como los granos de arena, se contemplan una y otra vez sin conocer término alguno. Algún día, quizás, Dios habite en ella.

Copyright (c) Julio Cañón, 2000

Pequeña justicia

Hace algún tiempo recibí la visita de una hormiga. Sé que esto puede sonar demasiado inocente, incluso para la historia más inocente que pueda ser contada, pero me dispenso este comienzo haciendo notar que lo normal es que uno vea no una sino a cientos, miles, millones de ellas, avanzando en filas, de ida y regreso, cargando recortes de hojitas, o capullos, de una a otra colonia. Por eso le presté atención. Subió por mi bota sin hacer un esfuerzo extraordinario, como si estuviera decidida a conocerme. Traía algo en las mandíbulas. Al principio no lo detallé bien, pero cuando ya iba a la altura de mi rodilla, después de haber flanqueado dos largos pliegues del pantalón, pude darme cuenta de que llevaba un minúsculo bastoncillo con una bolsita de proporciones aún más modestas, amarrada en uno de los extremos (para estos propósitos, siempre cargo una buena lupa). Esto me intrigó aún más que verla sola. Le acerqué mi dedo índice derecho para ofrecerle un atajo (sin saber aún cual era su destino o sus intenciones). Ella lo recibió con algo de curiosidad, moviendo sus antenas, pero luego se aferró a él y continuó caminando por la mano, subiendo dubitativa el brazo, luego el antebrazo, hasta que estuvo a la altura del hombro. Ahí tomó un segundo aire, disimulando cierta vaga exploración que ni yo mismo le creí, y pronto continuó ascendiendo hasta llegar a la altura de mi oreja.

Por la forma en que actuaba, daba la impresión de no estar muy segura de su siguiente movimiento. Es probable que la desconcertaran los senderos circulares de la oreja, o la sensación de ese oscuro foso en el centro la hiciera entrar en pánico. El hecho es que por un momento se mantuvo quieta, batiendo las antenas a la entrada del pabellón. ¿Por qué se había arriesgado a viajar tan lejos de su casa? Quizás había huido de su colonia porque no soportaba más la presión de una esclavitud impuesta por la más rigurosa de las jerarquías. Sin embargo, en tales casos lo que suele ser procedente es la repartición de panfletos revolucionarios (imagino mensajes químicos por medio de hormonas subversivas), o la confabulación en grupos para tomarse a la fuerza el poder o algo por el estilo. Tal vez salió buscando a Dios, como lo han hecho muchos de los nuestros, hombres de espíritu recto que se convierten en líderes, profetas, ascetas o ermitaños, pero que de seguro nunca le han encontrado.

Podría ser también el simple deseo de escalar un obstáculo considerable (algo así como un monte Everest), aunque para ser sincero mi estatura dista mucho de ser un propósito a vencer entre los de mi especie y además había terminado por acoger mi atajo, lo cual no era una actitud propia de una verdadera escaladora. Llegué a inquietarme en realidad cuando supuse que la inocente hormiguita, que ahora comenzaba a circular graciosamente por mi oreja, estaba en realidad explorando un posible sitio para trasladar la colonia, pero esto pronto dejó de ser una preocupación pues tampoco resulta lógico que un solo individuo, de cualquier especie que se trate, se aventure a recorrer un lugar desconocido sin contar con el apoyo de otros.

¿Qué estaría cargando en la bolsa? Tal vez la razón de su presencia solitaria en mi oreja obedecía simplemente a la evasión de la ley por haber cometido un crimen, posiblemente un delito menor (el robo de una porción adicional de alimento), o algo más grave como el secuestro de una larva de la nobleza, lo cual me puso sobre aviso de la posibilidad de estar siendo cómplice de una situación embarazosa. En todo caso, sabía que en la diminuta bolsa hallaría la razón de su presencia. ¿Debía esperar para que la abriera? O, por el contrario, tomarla por sorpresa. No fue necesario lo segundo, ya que ella misma finalmente se detuvo en el primer descanso sobre el lóbulo y con sus patas delanteras desabrochó la bolsita.

A estas alturas se preguntarán cómo podía ver todo esto, estando como estaba la hormiga en mi oreja. Bueno, pues asistiéndome de un espejo de mano como es obvio. Pero ¿Qué contenía la bolsita? Era la pregunta que pronto hallaría respuesta. Aún hoy siento todo el peso de la imagen cargado en mi corazón: con qué delicada actitud fue extrayendo uno a uno los restos de un pequeño cuerpo, alguna vez articulado, que batió de seguro sus antenitas tratando de seguir en su marcha a la que, en esos momentos, se exponía en un temerario viaje por agreste geografía, para hacer que el culpable reconociera su crimen y recibiera su castigo. Yo bajé la mirada, reducido como estaba a un tamaño mil veces inferior al de mi acusadora y aunque expié juiciosamente mi conciencia no pude determinar cuándo había ocurrido aquello. Lugares no faltaban dentro y fuera de la casa, a ras de suelo o al nivel de las manos. Sin hablarme, había dejado en mi oreja un veredicto secreto de justicia, que no por venir de una hormiga deja de ser doloroso. Pero así, simplemente, es la vida. Uno a uno fue recogiendo los restos para envolverlos. Acomodó con delicadeza la bolsita en el bastón y sin solicitar ayuda, descendió imperturbable hasta alcanzar, después de graves quiebres y arrugas, mi zapato. Una vez en el suelo y guiándose con las antenas, se perdieron ella y sus pesares dentro de una minúscula grieta en la pared de la cocina.

Copyright (c) Julio Cañón, 2001




Caballo de Troya

Es la final del campeonato de futbol del año 2042. En el campo se enfrentan Italia y Argentina. Han corrido ochenta minutos de juego con un agónico empate sin goles, que se rompe de modo magistral cuando las hábiles piernas del delantero italiano Andrea Strossi esquivan la defensa rival y de un potente disparo de zurda desde fuera del área catapulta la esférica sobre la humanidad de Marcelo Limbodrio, quien sólo tiene reflejos para observar cómo se infla la valla cerca del paral derecho. Un júbilo europeo ronda el estadio, invadido por el calor local de cuatrocientosmil espectadores, venidos de todo el orbe.

Argentina lanza un ataque desenfrenado. Por todos los medios intenta conseguir la igualdad, avanzando por los costados y penetrando en forma tímida y discreta la sólida defensa italiana; sin embargo, todos sus intentos desfallecen sin inquietar demasiado al orgulloso guardavallas Vittorio Quieza. Pasan en este episodio siete agotadores minutos.

Una falta descalificadora del defensa Alessandro Maldoni sobre el delantero gaucho José Pingalupi, cerca del área del equipo italiano, es sentenciada por el árbitro como tiro libre indirecto. Quizás es la última oportunidad del equipo suramericano. Entonces sucede.

El capitán gaucho, defensa centro, Martín Batista, acomoda el balón, pero en lugar de tomar impulso para golpearlo hacia el centro del área chica, como ha sido costumbre desde que el fútbol es fútbol, decide en su desesperación pararse frente a la esférica colocando sus manos en jarra, mientras invita a sus compañeros a que le sigan en la estrategia.

Ocho de los once jugadores gauchos se acomodan alrededor del balón uniendo sus brazos para formar una muralla humana, circular e inexpugnable, en cuyo centro se encuentra el balón, protegido por las piernas de un noveno hombre, el goleador Hector Plazas.

El árbitro asiste a la insólita postura con desconcierto y en lo que parecen ser segundos eternos, no encuentra ninguna contravención a las reglas en el procedimiento, así que pita para que la jugada continúe. Al grito de «¡Avance!», el círculo humano comienza a caminar en formación cerrada hacia la portería rival. La defensa italiana, extrañada en un principio, no sabe cómo responder. Cuando deciden finalmente interponerse al paso de la muralla, es demasiado tarde: han flanqueado el área chica y se abren formando una U que deja libre al delantero para que, con toda la furia de que es capaz, lance el balón disparado contra la red.

Miles de flashes se mantienen en todo momento alerta, siguiendo la jugada y la posterior desbandada de los argentinos, que empatan en el último minuto un encuentro que parecía perdido, ante la desdicha e impotencia de los italianos.

Muchos de los asistentes al estadio murmuran acerca de la estrategia, comparándola con la epopeya homérica, revelando de este modo que en el mundo de los humanos todo se repite, ya sea en el mar, o entre murallas, en los oscuros pasajes del Hades o en este limitado campo verde, donde vemos enfrentarse de nuevo los valores de la templanza y el deseo de victoria. Otros menos trascendentales sentencian: ¡Así es el futbol! !Qué le vamos a hacer! Todo es posible antes de que suene el pitazo final.

¿Alguien todavía pregunta por el equipo que ganó el cotejo? Los que estén interesados sólo tendrán que esperar algunos años. Lo que sí les garantizo es que el final será aún más sorprendente.

Copyright (c) Julio Cañón, 2000

El viejo

Al viejo lo descubrimos siendo niños, en una de nuestras correrías por el vecindario, que solían comenzar en las horas de la tarde después de llegar de la escuela y terminaban con el llamado de las sombras largas y frías de las casas. Siempre en el zigzag que era el camino de regreso pasábamos por su tienda, que nos recibía con su olor preciso de madera mezclada con cal, cerveza y pan duro, y ese piso de tablones que crujía como si fuera el fin del mundo y nos hacía sentir el poder vertiginoso de las parábolas aún cuando nada sabíamos de su singular geometría.

Todos le teníamos respeto, quizás porque a esa edad lo veíamos como a un hombre recio, de pocas palabras y lleno de secretos. Sin embargo, no había tarde en la que, después de comprar los refrescos en su tienda, dejáramos de preguntarnos por qué su mano izquierda vivía cerrada, y digo vivía porque a pesar de ser un puño estorboso en esas condiciones, jamás nos pareció que la mano estuviera tullida o atrofiada.

De tarde en tarde se nos fue pasando el tiempo de uniformes y carritos de regalo, mientras se deshacía lentamente, a veces sin percatarnos, la barriada de juegos porque estudiábamos en colegios distintos, con afanes que no dejaban tiempo para el potrero y porque con el tiempo algo en nosotros nos aísla de los que más queremos. Además, en aquellos días del bachillerato la situación económica en mi casa no era buena- de hecho muy pocas veces lo fue- y se dio como una buena oportunidad el que comenzara a trabajar por las tardes, tres veces por semana, como ayudante en la tienda del viejo.

Contrario a nuestras suposiciones infantiles, no se trataba de una persona introvertida. Don Guillermo, que así se llamaba, solía hablar con los clientes sobre el clima, la política internacional, los proyectos del barrio y las noticias del diario. Cuando, ya entrada la tarde, los agites de la tienda disminuían, le gustaba escuchar mis historias del colegio, algunas veces un poco frívolas, pero siempre mostrando algo de interés. Llegué incluso a contarle, sin que fuera una confidencia o una petición de consejo, los conflictos que tenía con mis hermanos y mis padres y los desaires de las niñas que más me gustaban y que nunca me paraban bolas. Sin embargo, en todo el tiempo que trabajé con él, jamás dio señal de querer abrir su mano. Y por esas prevenciones del respeto a los mayores y las distancias que se deben conservar para no incomodar la amistad yo tampoco tuve ni el valor ni la suficiente insensatez para preguntárselo.

Luego de terminar la secundaria, estuve un año en el ejército y al terminar el servicio me matriculé para estudiar ingeniería de sistemas, a pesar de no haber tenido nunca en mis manos ni siquiera una calculadora y que lo más parecido que había tenido a mi alcance era la caja registradora de manivela de la tienda. Estudiaba en un instituto nocturno porque de día debía trabajar como mensajero para ayudar económicamente en la casa. Por aquel tiempo frecuentaba muy poco la tienda, que permanecía medio día cerrada porque don Guillermo, que ya rondaba los setenta, se la pasaba de un achaque en otro y ya no conseguía ayudantes tan fácil como antes, por el mal genio en el que se mantenía, debido sobre todo a la presión que le ejercían los comerciantes para que les vendiera su lote y así poder construir un almacén de cinco pisos.

A don Guillermo se lo fueron comiendo los años, al mismo ritmo que al barrio. Muchos de sus contemporáneos habían muerto y el mismo barrio se había convertido en una zona de comercios de puertas con rejas de metal custodiadas por vigilantes, y de noches de indigentes y pandillas, donde ya nadie se conocía con nadie y así era mejor.

Cuando me enteré que se había enfermado de gravedad y que ya no podía levantarse ni para correr las cortinas de su pieza, decidí visitarlo en las tardes, en el tiempo que me quedaba entre el trabajo y las clases. A él le agradaba verme entrar y me hacía una señal de sonrisa con sus ojos vidriosos y melancólicos y la boca reseca, afectada por respiraciones cortadas por el dolor. Había bajado de peso y se veía flaco y enjuto, frágil como una criatura de arena. Yo me sentaba al lado de la cama, en una butaca que de seguro hubo de conocer todas sus intimidades desde que era un muchacho. Le transmitía los saludos de la familia, dejaba en su cuarto algunas frutas, le preguntaba cómo había pasado la noche, pero pronto la conversación se tornaba distante y yo terminaba por despedirme diciéndole que se abrigara bien, que cualquier cosa que necesitara me avisara y que yo volvería al otro día para ver cómo seguía. Incluso en ese estado, me causaba curiosidad ver cómo su mano izquierda, temblorosa y sin mayor vigor, se mantenía cerrada pero viva.

Así pasó una semana completa hasta que vino el cura para aplicarle la extremaunción y entonces fue cuestión de algunas horas para que falleciera. Cuando comenzamos a arreglarlo para el ataúd me di cuenta de que sus manos, grandes y sin defectos de artritis a pesar de lo viejas, estaban tranquilas y completamente abiertas.

La vida se nos suele ir así, cargada de asuntos corrientes y dudas insatisfechas. Aún hoy, después de tanto tiempo, me pregunto por qué se mantiene viva la imagen de ese viejo, que no fue nada mío y yo nada de él, excepto por la curiosidad de ese puño cerrado y algunas tardes de tienda. La historia de ese puño en su encierro voluntario era sólo suya, como nuestro fue ese barrio perdido de la niñez, y quizás no nos correspondía descubrirla. Misterios que se van con sus dueños, que escapan como peces tímidos a través de las redes modernas de manos abiertas.

Copyright (c) Julio Cañón, 2001




El Bibliotecario

-¿Usted se llama Eduardo? Es un nombre perfecto para su profesión, como ya lo sabe de seguro. Cuanto lo envidio. Yo dejaría todo lo que tengo, incluso a mi mujer, me atrevo a decirlo, por tener el trabajo que usted tiene aquí, encerrado con más de un millón de volúmenes, conociendo a la humanidad sin tener que estar en contacto con los hombres. ¡Cuánta cultura debe llevar usted a sus espaldas, amigo Eduardo! ¡Qué increibles tertulias han de surgir, promovidas por su proverbial inteligencia!.

-No siga- repuso el bibliotecario, -jamás he leído libro alguno. Estoy aquí, porque el dueño confía en mí, como confía el amo en su más fiel bestia: sabe que jamás gastaré sus bienes, ni hurtaré uno sólo de sus ejemplares, simplemente porque los considero objetos sin valor alguno. Una cosa de todo esto me hace felíz sin embargo, eso sí no se lo puedo negar, y en tal sentido creo que sus palabras me hacen algún mérito: me gusta tenerlos a mis espaldas. Allí, en silencio, me dejan vivir en paz con mis pensamientos, que no son muchos, ni de gran categoría y no servirían para llenar una página, pero son míos y eso me basta.

Copyright (c) Julio Cañón, 2000

No lo tome en serio

A veces, desde la ventana que se abre en el segundo piso de la casa hacia el patio, miro a mi perra, una pastor alemán noble y tranquila que descansa con su cuerpo enroscado en el poco espacio que le dejan los enceres de la incomodidad humana. Ella permanece ajena a mi presencia, inocente de todos mis pensamientos y resoluciones, cuyas realidades pertenecen quizás a otra dimensión, la dimensión de aquel segundo piso.

Siempre dejo de mirarla pensando que desde el piso enésimo de la casa sin puertas ni paredes, me observa otro ser, para el cual yo también permanezco ignorante, enrollándome en mis pensamientos dentro del poco espacio que me deja su cadena, y que éste a su vez es observado por otro, y así hasta el infinito, lo cual suena bien y tiene cierto aire de racionalidad.

Sin embargo, cuando medito acerca de las pulgas que molestan a mi perra, o sobre las hormigas que laboran en la cocina, pienso que estas cadenas son ficciones producidas por nuestro cerebro y que en realidad el infinito no existe, es sólo una aberración de nuestra inteligencia deficiente, y es al final el microbio diminuto el que mueve las finitas e identificables observaciones del cosmos.

A veces pienso que ni mi perra, ni sus pulgas ni yo existimos en realidad, que todo es fruto de la ilusión de otro, quizás un oso que duerme su largo invierno y que cuando despierte todo dejará de ser, sin problemas, pero queda la cuestión de quién piensa al oso y esto me conduce de nuevo al planteamiento inicial que ya he considerado una aberración y por lo tanto un extremo lógico sin sentido.

Lo que más ocupa mis pensamientos sin embargo, es la necesidad de tomarme un descanso en alguna villa tranquila o en una clínica de reposo, antes que tantas ridiculeces me conduzcan sin remedio al manicomio.

Copyright (c) Julio Cañón, 2000

Latencias

Llegó a mi mesa en el restaurante, silencioso, sin que en realidad yo le hubiese invitado. Al principio me causó curiosidad, incluso gracia, verlo ahí, frente a mí, caminando de un lado a otro sobre la mesa, sin hacer ruido, ronroneando y sacando la lengua para lamerse los bigotes, fijando sus penetrantes ojos verdes con inteligencia y precisión en cada uno de los objetos que lo rodeaban, incluyéndome a mí, que comenzaba a darme cuenta de que no se trataba de una simple casualidad sino de una bien estudiada jugada del felino, quien estaba a punto de revelarme sus verdaderas intensiones.

Porque las especies se comunican entre sí de maneras peculiares. No con un lenguaje cómodo y limitado como el que establecemos nosotros como miembros de un mismo “club” a través de las palabras y los gestos (realmente los únicos lenguajes que, con deficiencia y por necesidad, conozco). Es una comunicación mucho más rica en matices que involucra a todos los sentidos: el lenguaje del temor, del calor compartido, de los roces, de los movimientos y las miradas que observan sin ver de frente.

Muchos de esos lenguajes los compartimos con animales que nos son cercanos, como los perros, compañeros inveterados de nuestras intimidades. Más aún, me atrevería a decirlo, que no se puede hablar del hombre y del perro como dos entidades separadas, porque de seguro lo que hizo al hombre lo que es no fue su habilidad con las manos o su mayor cerebro, sino el haberse aliado con los perros en sus correrías. Homo cannis, podría ser una buena definición de lo que somos en realidad; sin embargo con el gato, y específicamente con él, las cosas son diferentes.

Muchas damas y caballeros podrán considerar estas palabras como blasfemas. Entiendo que muchos hayan adoptado, o creído adoptar, gatos como mascotas, pero el hecho de que sus pasiones los vuelvan ciegos a la realidad no es mi problema: el gato es un animal salvaje, ajeno a nosotros. No nos pertenece y no le pertenecemos. Esto es así hoy, lo fue en el pasado y sin duda lo seguirá siendo en el futuro.

Así me lo hizo saber esa tarde en el restaurante, con su mosaico de lenguajes que no admiten palabras humanas. Me mostró sin vacilaciones su mundo en las calles, la selva transformada en concreto pero selva para él al fin y al cabo, tan propicia y asimilable como la del follaje verde, aquella en la que sus primos felinos siguen cazando. Nunca perdieron las habilidades predatorias. Se escabullen, permanecen ocultos, vigilan.

Porque es seguro que detrás de todas las hazañas, retos, logros y ambiciones de los hominidos, merodea sigiloso hasta el extremo un gato explorador y explotador de los hombres. ¿No existe de hecho un explorador superior, que sigue nuestros juegos nocturnos, los de los gatos y los humanos-perros, con la misma pretensión de indagar en la vida de especies inferiores? El gato sabe que es cierto, y por eso nos lleva ventaja.

Así fue mi almuerzo con el gato: estamos él y yo, uno frente al otro. Rivales, fichas de un ajedrez simbólico, pero no por ello menos definitivo, que gravita alrededor de una mesa, siguiendo un juego que se pierde en la oscura memoria de los primeros hombres y que nos acompaña hoy imponiendo sus reglas. Él, representando todo aquello que hemos pretendido dejar de ser; yo, pretendiendo lo que aún no somos.

Establecidas de este modo las cosas, él seguirá paseando de un lado a otro de la mesa, sobre su hemisferio. Sus ojos verdes, que se camuflan eternos de generación en generación, ya no se humillarán ante la comida: es presa segura. Con decisión, sin los temores perdidos al perpetrarse como silencioso predador en la claridad de las noches de todas las edades, me mira ahora a mí, su próxima víctima.

Copyright (c) Julio Cañón, 2000


El secreto del perro salvaje

El Indio sostiene el puñal contra el cuello del hombre blanco, caído después de un enfrentamiento que tiene un seguro desenlace en la muerte. Sin embargo, ha decidido darle una oportunidad. Le pregunta al Cara Pálida si ha visto alguna vez en el bosque al Gran-Perro-Salvaje.

-Si... lo he visto – responde con dificultad.

-Habla con la verdad... ¿Qué te dijo el Gran-Perro-Salvaje?

El hombre blanco guarda silencio. Siente el afán y la firmeza con que el puñal presiona su garganta. Entonces habla:

- Me dijo que no pasará mucho tiempo antes de que el último indio se haya ido. Cuando eso suceda, el hombre blanco reclamará esta tierra como suya y la dominará por siempre...

Con un movimiento seguro, decidido, el puñal cortó sus palabras.

Montado en su caballo, el indio regresa en calma. En su sabiduría, siempre ha tenido claro que los perros, por muy grandes y salvajes que sean, no hablan.

Copyright (c) Julio Cañón, 1999


Máxima seguridad

José Manuel había sido un exitoso ladrón de bancos, hombre consagrado, metódico, amante del arte de su profesión por encima de las mundanas ganancias. Ese afán de perfección, capricho al que tanto le temen los hombres, lo llevó a retar todos los sistemas de seguridad cuando anunció que robaría, a la media noche de la Navidad de 1990 el banco más grande del país, sin que nada ni nadie pudiera impedírselo, ya que simplemente lo tenía todo calculado... Pero ese día la matemática le falló.

Estando en su celda, leyó un día en el periódico la noticia de que, en un lugar de la costa, donde la verdad y la fantasía son la misma cosa, todo un pueblo se había vuelto rico de la noche a la mañana cuando apostó al número ganador de la lotería, que de manera misteriosa había aparecido en las escamas de un pescado. Tal acontecimiento le resultó por completo indigno, dado su convencimiento del trabajo riguroso que siempre debía acompañar las cosas bien logradas, incluso aquellas que se encontraban por fuera de la ley.

Por eso, desde aquel día, tomó la decisión de aprovechar todo el tiempo de su reclusión para descubrir en qué forma se comportaba la suerte, esquiva y caprichosa por naturaleza. Leía con discreción en los periódicos los números ganadores de las loterías y consignaba las cifras en un cuaderno o en las paredes de la celda. Con el tiempo, pudo tener acceso a periódicos extranjeros a los cuales aplicó el mismo procedimiento y cuando tenía la posibilidad de mirar los sorteos televisados, fijaba su mente en cómo se impulsaban las ruedas, en la fuerza que cada persona, según su sexo, edad, disposición y estatura, les imprimía. Dedujo de esta manera el número entero de vueltas que solían darse antes de comenzar el freno definitivo.

Correlacionó los resultados de los sorteos de los diferentes días, y de las diferentes loterías, encontrando relaciones «sencillamente inquietantes» como él mismo escribía en su momento. Leyendo el único libro de cálculo que pudo hallar en la cárcel, empezó a elaborar una teoría matemática para predecir resultados y llegó a deducir por su propia cuenta los principios de la probabilidad de eventos encadenados. «Los números no pueden ser producto del azar» escribió en una de las paredes de la celda, como muestra de que las matemáticas no son terreno exclusivo de las universidades y que su magia y aplicación no conoce los límites de las celdas sino las bondades de las mentes dotadas.

Concentrado en su propósito, pasaba los días con sus noches, muchas veces a merced del frío o del calor, sumiendo en el deterioro a los ojos y los sentidos en la fatiga de la oscuridad, realizando cálculos de ecuaciones que entre uno y otro lado de la igualdad bien podían tomarse días y semanas.

Meses después leyó en los periódicos que, en otro lugar de la costa, había aparecido una tortuga con el número ganador de la lotería en su caparazón, para regocijo de cientos de apostadores y preocupación de los dueños de las casas de apuesta: «¡Los caminos del Señor, a veces caprichosos, también se pueden caminar!», Escribió en la celda, cuando descubrió que el número de la tortuga, fruto del caluroso azar costeño, era el mismo, sí, el mismo que pronosticaban las ecuaciones de su teoría.

Esperó con paciencia, la única forma de hacerlo en la cárcel, durante dos años, acumulando más información y refinando su procedimiento hasta que estuvo seguro de que los resultados pronosticados día a día eran consistentes, número a número, posición tras posición, con los registrados en los periódicos.

Por aquel entonces, recibió de nuevo noticias de la costa que esta vez referían el increíble hallazgo de las cuatro cifras, incluyendo los números de la serie en el anca de una rana. Con la seguridad del artista no improvisado, verificó el resultado de los cálculos y, sin poder ocultar la satisfacción, como quedó consignado en las paredes de la celda, decidió que su trabajo estaba por fin concluido.

Compró el número de la lotería que más premios daba en el país, sin que se supiera nunca como pudo adquirirlo; la noche del sorteo se acostó tranquilo, siguiendo «el movimiento regular de la luna hasta perderla entre los barrotes».

«¡Es imposible!» escribió al día siguiente en su cuaderno de apuntes cuando descubrió, desilusionado, que el número ganador no era el mismo de sus cálculos. Más aún, que las cuatro cifras eran, por completo, diferentes. Estaba indignado, furioso consigo mismo y con el incomprensible defecto del procedimiento que tanto esfuerzo le había costado y que al final había servido para tan poco. Atinó entonces a leer en la parte baja del periódico la razón de su fracaso: con grandes letras de molde, se promocionaba el nuevo sorteo con balotas que reemplazaba desde la noche anterior al ya obsoleto sistema de ruedas, fundamento de todo su método. El recorte de periódico se puede apreciar todavía, resaltado, en una pared de la celda. «Dios no juega a los dados...», reflexionaba, «...¡juega con los dados!».

A pesar del tropiezo, comprendió que el error no procedía por entero de su método, sino del hecho de haber omitido tal variable. Cuando tuvo de nuevo ánimos, comenzó a reescribir las ecuaciones sobre las paredes de la celda, aunque ahora registraba cualquier aspecto extraño que pudiera observar, ya fuera en la comida, grano a grano, estría por estría de la carne y mancha tras mancha de jugo sobre el vaso, o en el relieve de las sombras en las paredes y las rejas, con el fin de no dejar ningún cabo suelto.

P.D.: Hace quince días, por disposición de un juez de circuito, José Manuel fue trasladado a una prisión de máxima seguridad. Estuvo desde luego muy reacio a abandonar su celda. La suerte quiso que yo fuera su nuevo inquilino. Confieso que no soy un hombre meticuloso como él en cuestiones matemáticas, pero la necesidad obliga, así que he puesto todo mi empeño en interpretar el método, expuesto con el mismo celo y cuidado de jeroglíficos egipcios en estas paredes, y de cuyo éxito estoy más que convencido.

Sobra decir que tengo en mis manos el billete de lotería con el número que pronostica para esta noche (¡no revelaré tampoco cómo lo he conseguido!). Si Dios quiere, mañana amanezco millonario.

Copyright (c) Julio Cañón, 2000


Sordera

-¡Papá, papá, construyamos un castillo en el aire!

El padre le acarició la cabeza y con tono condescendiente y formativo le explicó que existía algo llamado gravedad que hacía imposible construir tal castillo. Le ilustró con imágenes de libros y le hizo una exposición de la evolución de la arquitectura desde los tiempos remotos de Esiodo, aclarándole una vez más que, exceptuando algunos cantores y poetas, en todos esos años nadie, ni el más necio de los ingenieros, habría podido pensar en construir un verdadero castillo que pudiera sostenerse en el aire. Luego, dándole un beso en la mejilla le sonrió paternalmente y siguió trabajando en los planos de un puente para una firma de ingenieros.

La hija salió desconcertada, pensando que su padre quizás se estaba volviendo sordo: “Construimos un castillo en el aire, con Sebastián y Angélica” eso era lo que ella le había querido decir desde un principio. Pero ya no importaba: el castillo se había perdido en el cielo y era tiempo de jugar a otras cosas.

Copyright (c) Julio Cañón, 1997